—No te preocupes, déjamelo a mí —dijo César, y una sombra de fría hostilidad cruzó su mirada.
No era hombre de promesas vacías. Frente a la propia Eliana, marcó un número y ordenó vigilar las veinticuatro horas del día a Octavio Guerrero Jr., a Gustavo Guerrero y a Zoe Guerrero, para ver si lograban encontrar algún punto débil.
Ver a César actuar con tanta determinación hizo que el corazón de Eliana se llenara de calidez.
Por otro lado, Blanca de Soto también estaba ansiosa por los resultados del ADN. Desde que Hugo, su amante, había quedado lisiado de manos y pies, estaba cada vez más deprimido. Si lograba llevarle a su hija para que la viera, tal vez eso le levantara un poco el ánimo.
Por eso, desde muy temprano, Blanca esperaba a César en el edificio principal. Pero el tiempo pasaba y él no bajaba.
Cuando Eliana y César finalmente regresaron juntos a la casa principal, Blanca se interpuso en su camino de inmediato.
Al verlos acercarse riendo y platicando bajo la luz del sol matutino, Blanca sintió una punzada de incomodidad. Esa atmósfera de complicidad entre los dos la ponía sumamente alterada.
César sintió que su buen humor se desplomaba al ver a su madre. Le indicó a Eliana que subiera a esperarlo. Luego, le reenvió directamente el informe médico que el doctor le había mandado, y le dijo con frialdad:
—Míralo tú misma.
Blanca tomó su teléfono apresuradamente y abrió el diagnóstico. Las palabras "Sin parentesco biológico" se clavaron en sus ojos como alfileres.
Incapaz de aceptar la realidad, le gritó a César, histérica: —¡No te creo! Fuiste tú, tú cambiaste los resultados del ADN a escondidas, ¿verdad?
De pronto, su aguda mirada notó que César llevaba el anillo de oro negro, símbolo del patriarca de la familia de Soto, en el dedo medio. Luego, recordó la forma tan tierna en la que César miraba a Eliana.
Una revelación cruzó por su mente.

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