Eliana Lamas se quedó en silencio; aún no había decidido si contárselo a César de Soto.
Se había enterado de que estaba embarazada apenas hacía dos días. Como ella misma todavía no tenía claro qué iba a hacer, no sabía cómo decírselo.
Pero César ya le había preguntado dos veces sobre los exámenes médicos. Ante tanta preocupación, sentía que ya no podía aguantar más. Respiró profundo, lista para confesarle la verdad:
—En realidad, yo...
—¡Lucía! ¡Eres mi Lucía! —De repente, una figura vestida de blanco entró corriendo velozmente.
Resultó ser Blanca de Soto.
Blanca había estado afuera, mirando por la ventana, y cuando vio el rostro etéreo de Eliana, se dio cuenta de que se parecía demasiado a ella de joven. En ese instante, algo se quebró en su mente.
Acaso... ¡le había pedido a César que buscara a su hija, y él de verdad la había encontrado y traído a casa!
No podía creer lo que veían sus ojos.
Las lágrimas llenaron sus ojos al instante. Esa era la carne y la sangre de su amado Joaquim y suya.
Blanca irrumpió tan de golpe que las palabras que salían de su boca dejaron a todos los presentes paralizados.
De hecho, nadie reaccionó a tiempo para detenerla. Tomada por sorpresa, Eliana se vio de repente envuelta en un abrazo. El fuerte aroma del perfume de Blanca la sofocó al instante.
Se movió, incómoda.
—Lucía, soy mamá —dijo Blanca, devorando el rostro de Eliana con la mirada; lloraba con tanta facilidad que su imagen resultaba conmovedora y digna de lástima.
—Señora... ¿quién es usted? —preguntó Eliana, rígida en el sitio, con mucha precaución.
Blanca se conservaba excelentemente; su piel radiante y firme no mostraba ni una sola arruga. Especialmente sus ojos, que debido a haber vivido toda su vida adorando la idea del amor y sumergida en su propio mundo, conservaban una inocencia y un toque de ingenuidad juvenil, aun superando los cincuenta años.

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