Los ojos de Eliana se abrieron de par en par.
Jamás imaginó que César pudiera ser tan directo, y menos con tanto atrevimiento. Su rostro se encendió como un farol y, llena de vergüenza, le susurró indignada: —¡Baja la voz, hay más personas en el auto!
En el asiento del conductor, Luis deseaba fervientemente ser absorbido por el asiento. Con rápidos reflejos, subió el volumen de la radio, y la voz rasposa y dramática de Adrián del Mar inundó la cabina: —*"Debería estar bajo el auto, no atrapado aquí adentro..."*
Eliana: "..."
César: "..."
Luis: "..."
Ya que el ambiente romántico se había ido por el desagüe, Luis aprovechó para agregar: —Por favor, señorita, póngase el cinturón de seguridad.
Estar abrazados y moviéndose en la parte trasera del auto no era nada seguro en movimiento.
Eliana se deslizó de inmediato del regazo de César. Pero él no le permitió huir del todo; la obligó a sentarse a su lado, con los muslos pegados estrechamente.
—Además, Manuel dijo que pasaríamos la noche en habitaciones separadas, no durmiendo juntos. —Tras un breve silencio, Eliana decidió aclarar la situación con toda la formalidad del caso.
—Yo también me refería a dormir en camas separadas. ¿En qué estabas pensando tú? —César la miró de reojo, con una sonrisa burlona asomando en sus labios.
Al darse cuenta de que César solo se estaba burlando de ella, Eliana giró el rostro hacia la ventana. —¡Si hubiera sabido que me ibas a torcer las palabras de esta forma, habría aceptado la propuesta de Manuel!
La diversión en los oscuros ojos de César desapareció al instante. Su brazo izquierdo, que rodeaba a Eliana, comenzó a subir lentamente por su espalda: —¿Te estás sintiendo muy valiente hoy? ¿Arrepentida de tu divorcio? ¿Ganas de volver con él?
Sin darle tiempo a responder, los largos dedos de César rozaron sus omóplatos prominentes y frunció el ceño. —Has perdido peso. ¿Te hiciste los chequeos médicos? ¿Cómo salieron los resultados?
—Salieron bien, no hay problemas graves —evadió Eliana apartando la mirada, claramente ocultando algo.
César, que no perdía detalle de sus expresiones, entrecerró los ojos, sospechando que no le estaba diciendo toda la verdad.

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