—No suelo golpear mujeres, pero tú realmente te has esforzado por cruzar todos mis límites —escupió Manuel desde arriba, mirándola con el mismo desprecio que si estuviera viendo basura.
La mejilla de Esther se hinchó y enrojeció de inmediato.
Un destello de odio venenoso brilló en sus ojos, pero al instante de levantar la mirada, se transformó en la viva imagen del victimismo, con lágrimas rodando por sus mejillas. —Manuel, fuiste tú quien no me soltó esa noche. Por más que intenté resistirme, no sirvió de nada. Tienes que hacerte responsable. —En el pasado, esta táctica funcionaba a la perfección con él. Con tan solo derramar unas lágrimas y hacerse la agraviada, Manuel terminaba cediendo a sus caprichos.
—¿Acaso no sabes exactamente lo que pasó? —replicó él, inmune a su actuación, con una voz helada—. Te advertí que cualquiera que se atreviera a engañarme terminaría pagándolo caro.
Esther se estremeció, aterrorizada por su tono, y suplicó rápidamente: —¡Pero llevo a tu hijo en mi vientre! ¡Por el bien del bebé, no... no puedes hacerme esto!
Manuel se inclinó hacia ella. Sus pupilas estaban tan oscuras que parecían un pozo sin fondo. Clavó su mirada en Esther y dejó escapar una sonrisa escalofriante.
—Para empezar, ni siquiera está claro si ese hijo es mío. Y aun si lo fuera, ¿crees que me puedes amenazar con esto? No eres digna de dar a luz a mi hijo. —La amenaza implícita en sus palabras le heló la sangre a la joven—. ¿Un mes de embarazo? Ni siquiera está formado. Es el momento perfecto para abortar, ¿no te parece?
Esther comenzó a temblar descontroladamente. Jamás imaginó que a Manuel le importara tan poco la vida de su propio hijo.
Se debatió desesperada: —¡Pero... pero a tu madre pareció gustarle la noticia del bebé!
Manuel la observó retorcerse sin mostrar la menor empatía. Estaba perdiendo la paciencia; levantó la mano, dispuesto a llamar a sus guardaespaldas para que sacaran a esa mujer de su vista.
De pronto, Esther soltó un alarido: —¡No! ¡Manuel, te vas a arrepentir!


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