Un deje de decepción cruzó la mirada de Manuel, pero rápidamente bajó del vehículo y se apresuró a abrirle la puerta a Eliana.
Colocó la mano sobre el marco de la puerta, protegiéndola, aterrado de que ella pudiera golpearse la cabeza, por mínimo que fuera.
El auto de Pedro ingresó justo detrás de ellos. Habiendo aprendido la lección de la última vez, no se atrevió a estacionarse afuera ni a quedarse lejos de ella. Cuando los guardias de seguridad intentaron bloquearle el paso, Manuel hizo un gesto rápido para que lo dejaran entrar.
Manuel entendía perfectamente las intenciones de Pedro. Aun así, si él realmente quisiera retener a Eliana por la fuerza, un simple guardaespaldas no podría detenerlo.
Eliana se quedó de pie frente a la puerta principal de La Finca Mirador, con una expresión cargada de emociones encontradas.
Al ver que no avanzaba, Manuel le preguntó con voz suave:
—¿Por qué no entras?
Ella no se inmutó.
—Ya estamos en La Finca Mirador. Ahora habla.
—Esta es tu casa. Pasa y siéntate. Hace mucho tiempo que no vienes, Elena y el resto del personal te extrañan mucho —respondió Manuel, evadiendo su exigencia.
Para Eliana, el Manuel que tenía enfrente le resultaba tan desconocido que le daba escalofríos.
Podía oler el tenue rastro de sangre que emanaba de él, pero el hombre actuaba como si no sintiera dolor. Además, apenas la noche anterior había recibido una puñalada. Incluso si no había tocado ningún órgano vital, el hecho de pedir el alta tan rápido y tener la energía para rastrearla por toda la ciudad era desconcertante.
Giró levemente la cabeza, asegurándose de que Pedro estuviera a una distancia visible. Respiró hondo y cruzó la puerta.
Al llegar al recibidor, Manuel se agachó frente a ella.
—Ponte cómoda —dijo, ofreciéndole personalmente las mismas pantuflas de casa que ella solía usar antes del divorcio.
Eliana retrocedió un paso, rechazando el gesto.
—No es necesario. Puedo hacerlo yo misma.
La desilusión se hizo evidente en el rostro de Manuel, pero no insistió. Asintió en silencio y sacó sus propias pantuflas. Para sorpresa de ella, era el par a juego con el suyo.


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