Joaquim de Soto, mientras fingía dolor y jadeaba agónicamente en el suelo, ocultó una sonrisa maliciosa. Sabía perfectamente que cada palabra de Blanca era una daga envenenada directa al corazón de César.
Las manos de César, ocultas bajo las mangas, temblaron imperceptiblemente.
Cuando era niño, su madre le decía esas mismas aberraciones. Cada vez que las escuchaba, sentía que lo atravesaban con mil cuchillos. Y dolía aún más cuando veía cómo esa misma mujer trataba a su hermana menor con una dulzura y devoción infinitas, entregándole todo el amor que él jamás recibió. Nunca entendió cómo una madre podía ser tan diametralmente distinta con sus propios hijos.
En aquel entonces, él también había anhelado el amor de una madre.
Pero ahora, esos ataques ya no lograban herirlo.
Imágenes de Eliana, de Celina Guerrero y de Vicente Lamas acudieron a su mente. La calidez de esa familia adoptiva había rellenado las grietas de su alma rota y le había dado el calor que su verdadera madre le negó.
—¿Ya terminaste de ladrar?—, preguntó César, mirando con desprecio a la mujer tirada en el suelo.
Al ver que César no mostraba ni un ápice de dolor, Blanca apretó los dientes: —¡A tu tío ya lo dejaste inválido, esto se termina aquí! Si sigues, juro por Dios que me suicidaré en este mismo instante, ¡y cargarás con el estigma de haber asesinado a tu propia madre por el resto de tus días!
Al presenciar esa ridícula pose de 'heroína dispuesta a morir por amor', César sintió náuseas. Se dio la media vuelta y caminó hacia la salida: —Vigílenla. Que no se mate.
César se marchó, dejando atrás a los 'amantes desdichados' en la fría celda.
Blanca se aferró al cuerpo de Joaquim, acariciando su rostro cubierto de mugre: —Joaquim, mi amor... ¿te duele? ¿Cómo estás?—, sollozó amargamente, llorando como una virgen sufriente.
Joaquim soltó un suspiro, fingiendo una profunda tristeza: —Blanca... no tenías que pelearte con él por mi culpa... después de todo, él es el único hijo que te queda.


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