La dulce explicación de Eliana disipó al instante el leve disgusto que Don Octavio sentía por su falta de transparencia.
Eliana tenía un don especial para ganarse a los ancianos. Incluso cuando vivía con los Romano, a pesar de que su suegra y la abuela despreciaban su origen humilde, jamás habían podido quejarse de sus modales ni de sus atenciones.
Ahora estaba desplegando todo su arsenal: palabras amables, compañía constante y pequeños detalles. Don Octavio estaba embelesado. Además, los recientes premios de Eliana habían convertido al anciano en el centro de atención entre su círculo de amigos millonarios.
—Abuelo...— dijo Eliana, tantando el terreno. —He estado pensando que tal vez lo mejor sea que me mude a mi propia casa.
—¿Por qué? ¿No te sientes a gusto aquí?—, preguntó Don Octavio, sorprendido.
—No es eso. La casa es maravillosa. Es solo que... siento que no encajo del todo en la familia. Quizás son ideas mías pero, ¿será que no le caigo bien a Regina?—, preguntó, mirándolo con ojos grandes e inocentes, adoptando una actitud vulnerable.
Actuar como una mosquita muerta no era algo que no supiera hacer, simplemente le parecía patético recurrir a ello en circunstancias normales.
Al ver su expresión de desamparo, Don Octavio sintió una punzada en el corazón: —Este es tu hogar. Si ella se atreve a molestarte, dímelo y yo te defenderé.
Puras palabras vacías, pensó Eliana con frialdad. La última vez que le envió la grabación del hospital probando la malicia de Regina, él no había movido un dedo.
Eliana echó más leña al fuego: —Entonces, ¿por qué fue tan hostil conmigo la otra vez? ¿Hice algo para ofenderla?
El rostro de Don Octavio se tensó, pero bajó la voz para calmarla: —Ella se equivocó esa vez, y te aseguro que ya le llamé la atención. Se ha portado mucho mejor últimamente, ¿verdad? Fue un desliz de juventud. Es normal tener roces bajo el mismo techo, pero te prometo que, si vuelve a pasar, no tendré piedad.
Qué hábil era para no tomar partido. Eliana se burló en su interior.


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