Desde que la atraparon haciendo trampa en la competencia, Silvia Moreno no dejaba de contactar a Regina para sacarle dinero. Regina consideraba que, mientras Silvia mantuviera la boca cerrada sobre su implicación, darle unas cuantas monedas no era el fin del mundo. Al fin y al cabo, para ella, lo que le pedía equivalía a lo que gastaba en un solo bolso de diseñador.
Sin embargo, las exigencias de Silvia se habían vuelto cada vez más constantes.
Regina frunció el ceño y contestó de mala gana: —¿Cuánto quieres esta vez?
—Señorita Guerrero, no se ponga así. Es solo que últimamente ando un poco corta de efectivo—, respondió Silvia con un tono zalamero.
—Silvia, te transferí miles de dólares hace apenas unos días. ¿Me has confundido con tu cajero automático?— espetó Regina. Aunque su abuelo nunca controlaba sus gastos, no podía hacer transferencias gigantescas a particulares todos los días; si lo hacía, empezaría a levantar sospechas.
—Ya sabes que por ayudarte me han vetado en toda la industria. Antes podía ganar cientos de miles siendo jueza en programas, pero me arriesgué por ti y mi carrera se fue al caño. Lo menos que puedes hacer es darme una compensación que iguale mi antiguo nivel de vida, ¿no crees?
¿Cientos de miles al año? ¡Esto era un pozo sin fondo! Regina tenía dinero, pero no era idiota: —Lo que hiciste fue bajo tu propio riesgo. Yo no estuve al tanto de nada. Si te estoy dando dinero es por lástima. No vuelvas a presionarme o no verás un centavo más.
Al ver que la táctica de la intimidación no funcionaba, Silvia decidió jugar su carta ganadora: —Tengo información de primera mano sobre Eliana. Un secreto que podría hundirla de por vida. Sé que te interesa.
Regina estuvo a punto de colgar: —Inventas cualquier cosa para sacarme plata. No me hagas perder el tiempo. En lugar de estar estirando la mano, mejor te busco un empleo normal para que aprendas a mantenerte.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La doble vida de la esposa traicionada