Descubrir la verdad sobre el pasado de su madre y dedicarse en cuerpo y alma a su pasión artística; esos eran ahora los pilares que sostenían su vida. Eran cosas tangibles, reales, cosas que no iban a traicionarla de un día para otro.
Si querían llamarla cobarde o pasiva, estaba bien. Lo aceptaba. Si al final César terminaba confirmando su compromiso con otra mujer, ella simplemente se apartaría. Jamás rogaría por el lugar de nadie.
***
—Don Octavio, debí haber venido a presentarle mis respetos mucho antes. Le ofrezco mis más sinceras disculpas —dijo Manuel, presentándose a primera hora de la mañana en la mansión de la familia Guerrero.
Las familias Romano y Guerrero casi nunca se cruzaban. En el mundo de los negocios, eran más rivales que aliados. De hecho, durante años, la familia Romano y la familia Garza se habían aliado en secreto para arrebatarle pequeños negocios a los Guerrero. Por eso, a Don Octavio le sorprendió muchísimo que Manuel tomara la iniciativa de ir a su casa.
Cuando el mayordomo anunció el nombre de Manuel, la primera reacción de Don Octavio fue negarle la entrada.
Era obvio por qué estaba allí: venía por Eliana. Don Octavio había pensado antes en tragarse su orgullo y aceptar a Manuel como el esposo de su nieta, pero Eliana le había dejado claro la última vez que Manuel ya era solo su "exmarido".
Y si ya era un ex, ¿qué obligación tenía él de tratarlo bien?
Pero no contaba con lo insistente que podía ser Manuel. Durante tres días consecutivos, se plantó a primera hora en la puerta de la mansión y no se marchaba hasta el mediodía. Dejar a la cabeza del Grupo Romano esperando en la puerta de esa manera empezaba a verse mal. Finalmente, al tercer día, Don Octavio cedió y lo dejó pasar. Así fue como se dio la escena anterior.
Manuel vestía un impecable traje gris oscuro hecho a medida. Quizás algo maravilloso le había ocurrido recientemente, porque irradiaba una energía fresca y revitalizada. Su piel era impecable, sus rasgos apuestos y su actitud suave; lucía como un hombre digno de admiración.
Sin esperar a los sirvientes, Manuel le sirvió el té a Don Octavio con una actitud respetuosa, pero sin llegar a ser servil. Rara vez se dignaba a hacer ese tipo de cosas, pero sus movimientos eran fluidos; tal vez no tan elegantes como los de Eliana, pero sí agradables a la vista.
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