Eliana se refugió en un rincón apartado del salón de banquetes y empujó ligeramente una ventana para abrirla. La brisa helada de la noche se coló, ayudándola a despejar un poco la mente.
Mientras tanto, Valeria disfrutaba de la fiesta, degustando la comida, bebiendo buen vino y tomándose fotos. A lo lejos, Ricardo no podía evitar mirarla de reojo una y otra vez.
Pero Eliana tenía un propósito claro en ese banquete: necesitaba encontrar más pistas sobre el pasado de su madre. Tras calmarse, comenzó a moverse entre la multitud de manera discreta, afinando el oído para captar cualquier conversación que le fuera útil.
Entre los invitados de esa noche, había muchos que conocían la historia de la familia Guerrero.
—Celina Guerrero... —La voz de unas mujeres de la alta sociedad llegó a sus oídos. Se sentó cerca, separada de ellas apenas por un biombo, donde pasaba totalmente desapercibida si no prestaban atención.
—Pensé que nadie recordaba el escándalo de Celina Guerrero, y ahora resulta que su hija ha vuelto.
—Así es. Solo hay que verla; con ese vestido mostrando la cintura, seguro es igual de desvergonzada que su madre.
Al escuchar eso, Eliana apretó los puños. Pero debía resistir, aún no había escuchado lo más importante.
—Oigan, este vino está buenísimo, tienen que probarlo —dijo otra mujer, cambiando de tema. La impaciencia empezaba a consumir a Eliana. Justo entonces, alguien le ofreció una copa de vino. La tomó y, sin pensarlo, bebió un gran trago.
El líquido le quemó la garganta, pero el frescor del alcohol logró apaciguar un poco su ansiedad.

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