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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 199

¡¿Qué?! El anuncio cayó sobre Manuel como un rayo en plena tormenta. Se quedó paralizado, con la mirada clavada en la espalda de Eliana, mientras sus manos se cerraban en puños temblorosos.

—Así que... ella es la heredera de los Guerrero —murmuró Ricardo Garza, atónito. Miró de reojo a Manuel, sintiendo lástima por él. Recuperar a su esposa acababa de pasar de ser difícil a ser prácticamente imposible. En cuanto a la fugaz sensación de haber reconocido a Eliana, Ricardo la desechó por completo. Las familias Guerrero y Garza nunca habían cruzado caminos, así que tenía que haber sido una simple ilusión óptica.

Don Octavio continuó su discurso de bienvenida, pero Manuel ya estaba sordo a todo. El universo entero se había reducido a la figura elegante de la mujer en el centro del salón. Un amargo nudo se instaló en su garganta.

Aturdido, ni siquiera notó que un mesero le ofrecía una bandeja. Tomó una copa al azar —una de champaña rosada— y se la bebió de un solo trago.

Al terminar la presentación, el salón se llenó de música y el clásico tintineo de copas. Los magnates de la ciudad hacían fila para felicitar a Don Octavio, mientras que otro grupo comenzó a rodear a Eliana, tratando de congraciarse con ella. Incluso aquellas mujeres de la alta sociedad que minutos antes la habían tachado de «campesina» en la entrada, ahora sonreían con falsedad, buscando cualquier excusa para acercarse.

Justo en ese momento, las inmensas puertas de roble del salón se abrieron de golpe. Un hombre y una mujer cruzaron el umbral. Él tenía unas facciones duras, casi exóticas, y una mirada salvaje que destilaba crueldad. Aunque su rostro no era común en Valdemar, no había nadie en ese salón que no supiera quién era: ¡Damián Salazar! La mujer que colgaba de su brazo vestía de blanco, luciendo frágil y vulnerable. Si uno la miraba rápido, sus facciones recordaban vagamente a las de la recién anunciada nieta de los Guerrero.

Don Octavio lo reconoció al instante y su expresión se endureció como la piedra.

—Damián Salazar. No recuerdo haber enviado una invitación a la familia Salazar.

—No sea tan frío, Don Octavio. Hubo un tiempo en el que me consideraba parte de su familia. Escuché que encontró a la hija de Celina, así que decidí venir a... recordar los viejos tiempos —respondió Damián, con una sonrisa descarada y llena de cinismo.

—¡Miserable! ¡Esta familia no te soporta ni un segundo más! —estalló el anciano. Todo el infierno que había vivido Celina fue por culpa de ese monstruo, ¡y ahora tenía la desfachatez de mencionarla! El pecho de Don Octavio subía y bajaba agitado por la furia.

Alguien del público intentó mediar con nerviosismo:

—Por favor, señores, hoy es un día de celebración. Sería bueno que ambas partes...

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