—Acaba de llegar a la familia, es normal que todo esto le resulte extraño. Trata de apoyarla más.
—Por supuesto —asintió Regina con fingida obediencia.
Pasó media hora más y la paciencia de Don Octavio se agotó: —No esperaremos más. Sirvan la cena.
Regina, actuando como la nieta considerada, insistió: —Abuelo, ¿no deberíamos esperarla un poco más?
En ese instante, el teléfono de Don Octavio, que estaba sobre la mesa, comenzó a sonar. Echó un vistazo a la pantalla; era Eliana.
—¿Eliana? ¿Qué? ¿En el hospital?
Su voz denotaba alarma y urgencia.
Aunque no podía escuchar lo que decía la otra persona, esas pocas palabras que soltó Don Octavio fueron suficientes para confirmarle a Regina que su plan había sido un éxito.
Bajó la cabeza rápidamente para ocultar la sonrisa sádica que amenazaba con apoderarse de su rostro. Sus dedos, escondidos bajo la mesa, temblaban ligeramente de pura emoción.
Adoptando de inmediato una expresión de profunda preocupación, preguntó con voz suave: —Abuelo, ¿le pasó algo malo a Eliana?
Don Octavio estaba a punto de responder cuando su teléfono volvió a sonar.
Esta vez, el rostro severo del anciano se relajó un poco: —¿César? ¿Mañana nos vemos? ¿Por fin te decidiste a hablar de esto, muchacho? Perfecto, perfecto, haré que preparen el mejor té.
Al escuchar el nombre "César", Regina aguzó el oído al máximo.
Todos en la alta sociedad sabían que el escurridizo señor del Consorcio de Soto rara vez se dejaba ver. ¿Iba a visitarlos personalmente mañana?
Tenía que prepararse con lujo de detalle y buscar la excusa perfecta para cruzarse con él.

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