No era que Ricardo careciera de experiencia con mujeres. Pero en ese preciso instante, fue golpeado por un instinto primitivo y abrumador de poseerla. Pensó que si aquella chica lo había llevado hasta un hotel, seguramente sabía lo que iba a pasar.
Bajó el rostro y, sin decir una palabra más, unió sus labios con los de ella.
Para Valeria, ese fue el momento en que el último hilo de cordura que le quedaba se rompió por completo.
Al diablo con Esther y su maldita familia.
Levantó los brazos, enredó las manos en el cabello del hombre y le devolvió el beso, tomando el control con la misma intensidad.
Ambos se perdieron en una noche de pasión salvaje, envuelta en sudor y sabor a alcohol.
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A la mañana siguiente, la luz del sol se filtraba por los resquicios de las pesadas cortinas de la habitación.
Ricardo despertó con una migraña fulminante. Era la primera vez en días que lograba dormir unas horas de forma profunda. Por instinto, estiró el brazo hacia la mesita de noche buscando sus gafas.
Pero lo único que encontró fue la textura de sábanas revueltas.
Esa no era su habitación.
Ricardo abrió los ojos de golpe. Su mirada se enfocó en el desorden de la cama y en su camisa arrugada tirada en el piso de la alfombra.
En el aire aún flotaba un perfume muy sutil, casi imperceptible. De pronto, los recuerdos de la noche anterior golpearon su mente como ráfagas desordenadas.
¡¿Quién demonios era esa mujer?!
Al mismo tiempo, Valeria iba en la parte trasera de un taxi.
Se felicitaba mentalmente por haber huido antes de que él despertara. Acostarse con su amor platónico había sido un premio gordo: el hombre tenía un abdomen de acero, una resistencia envidiable y las herramientas perfectas. ¡Una noche gloriosa!
Pero jamás iba a permitir que eso se convirtiera en un vínculo entre los dos. Estaban en bandos opuestos. Su odio hacia Esther Garza era profundo e innegociable.
Se prometió a sí misma que se llevaría el secreto de esa noche a la tumba.


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