Sin embargo, Eliana sabía muy bien que esa sinceridad podría desvanecerse si llegaba a chocar con los intereses o las personas que Don Octavio considerara más importantes.
Se bajó de la camioneta luciendo un atuendo casual: una sudadera sencilla y pantalones largos, pero su postura no delataba la menor intimidación ante tanta opulencia.
Aquel aire distante e inalcanzable no era actuado; después de convivir tanto tiempo con César de Soto, se le había contagiado esa elegancia fría y aristocrática que él desprendía de manera natural.
Don Octavio y el mayordomo la observaron desde el fondo de las escaleras, y ambos sintieron una profunda admiración en silencio.
—A partir de ahora, vivirás conmigo en la mansión principal —le dijo Don Octavio, tomándola de las manos, mientras Eliana le entregaba tranquilamente su equipaje a un empleado—. Tu habitación ya está lista. Es la misma en la que dormía tu madre. La he mantenido intacta todos estos años. Mírala, y si necesitas que agreguen o cambien algo, solo tienes que pedirlo.
—De acuerdo. Muchas gracias —respondió ella con calma, asintiendo sin dar más detalles.
Las palabras de Don Octavio no generaron una gran tormenta de emociones en Eliana.
Mientras su madre vivía, él no hizo nada por ayudarla. Todo este empeño en compensarlo ahora que había fallecido era solo una forma de aliviar su propia conciencia.
—Los demás ya formaron sus propias familias y se mudaron. La mansión es muy tranquila. Espero que no te moleste vivir con este viejo.
—En absoluto —sonrió Eliana levemente.
—Me alegra escuchar eso. Primero cenemos. Otro día llamaré a toda la familia para presentarte formalmente. Jajajaja.
La cena de esa noche había sido planeada con una dedicación abrumadora.
Solo en las entradas hubo tres tiempos, servidos por el mismísimo chef ejecutivo. Aunque solo estaban el abuelo y la nieta en aquella inmensa mesa, un desfile incesante de empleados les presentó no menos de treinta platillos exquisitos.
Algunos ingredientes eran tan exclusivos que una persona común no los vería ni en diez vidas.
Don Octavio no intentaba intimidarla; simplemente quería que la cena fuera suntuosa para demostrarle el respeto y la importancia que ahora tenía dentro de la familia Guerrero.


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