Al recordar todo eso, Eliana se dio cuenta de que extrañaba un poco a César.
***
A la mañana siguiente, Eliana regresó a su propio edificio.
Justo cuando salió del elevador, la puerta del departamento de César hizo un sonoro «clac» y se abrió de golpe.
Hablando del rey de Roma... Una pequeña sonrisa se dibujó en los labios de Eliana.
César estaba de pie en el umbral, con una expresión gélida. El cuello de su camisa estaba algo desarreglado, lucía una ligera sombra de barba y las ojeras marcadas bajo sus ojos delataban que no había pegado un ojo en toda la noche.
—¿Hasta que por fin te dignas a volver? —escupió con sarcasmo—. Ya pensaba que te habías mudado.
—Sí, de hecho, me mudo en tres días —respondió Eliana, quien todavía tenía la cabeza en lo de la familia Guerrero, asintiendo casi por inercia.
César soltó una carcajada seca y carente de gracia al escucharla.
—Vaya, qué fácil de manipular eres. ¿Te tratan un poquito bien y ya vas corriendo de regreso a sus brazos? ¿Te volviste loca o qué?
Eliana frunció el ceño, asumiendo que él se refería a las atenciones que Don Octavio le había mostrado, pensando para sí misma que la red de informantes de César era realmente rápida.
Suspiró suavemente. —Bueno o malo, tengo que ir. Hay ciertas cosas que debo enfrentar personalmente.
Después de todo, necesitaba descubrir qué le habían hecho a su madre en el pasado y por qué Don Octavio titubeaba tanto al respecto.
Al ver la determinación en sus ojos, la sangre de César hirvió de rabia.
—¿Enfrentar personalmente? ¿Acaso jugar a ser la señora Romano te despertó el sentido de la responsabilidad? ¿Qué pasa, ya reflexionaste y sientes que no fuiste lo suficientemente buena esposa, así que vas a volver para arreglar tu matrimonio perfecto?
Eliana por fin entendió por dónde iban los tiros.
—¿De qué estás hablando?
—¿No te viste en las noticias derrochando amor por toda la ciudad? ¿No fuiste a pasear muy romántica al zoológico?

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