Frente a semejante oportunidad, Darío no dudó en aceptar.
—Se lo agradecería muchísimo.
Roxana frunció levemente el ceño en silencio.
¿Para qué quería Darío reunirse con el rector?
—Director Gerardo, el rector ya se alejó bastante. Si no nos apresuramos, seguro nos caerá una buena reprimenda —le susurró un asistente a Gerardo al notar que la conversación se extendía demasiado.
Gerardo reaccionó de inmediato.
—Señorita Yara, joven Darío, el viaje seguramente fue agotador. Los dejaré para que puedan instalarse tranquilos, no los interrumpo más.
Al ver a Gerardo trotar a toda prisa detrás del anciano, Yara no pudo ocultar su desconcierto.
—Darío, el rector casi nunca viene a la escuela; el director Gerardo es quien maneja prácticamente todo el campus. ¿Qué clase de celebridad puede ser tan importante como para que el rector lo espere personalmente en la puerta?
Darío observó la figura distante del anciano y negó con la cabeza.
—No tengo idea.
Por mero instinto, su mirada se desvió hacia Roxana. Ella tenía una carta de admisión que llevaba el sello personal del rector. Qué extraña coincidencia que precisamente el día de su ingreso, el mismísimo rector se presentara y estuviera haciendo guardia en la puerta con todo su personal...
Las sospechas que había tratado de aplacar volvieron a surgir como espuma en su mente.
Pero al ver a Roxana tan inmersa en su celular, tecleando como si todo el asunto la tuviera sin cuidado, sintió que su teoría era absurda.
Sin embargo, para sacarse la duda de una vez por todas, tendría que volver a investigar su pasado.
¿Averiguarlo o dejarlo pasar? Era una disyuntiva bastante complicada.
—¡Diosa Yara!
Tan pronto como Yara bajó del auto y recibió el equipaje de manos del chofer, una avalancha de estudiantes se abalanzó hacia ella.
—¡Diosa Yara, al fin llegaste!
—El joven León tuvo una emergencia y se tuvo que ir, así que nos pidió que te esperáramos aquí por si necesitabas ayuda con algo.
Yara adoraba ser el centro de atención; su sonrisa era resplandeciente.

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