A través del cristal a medio bajar, Roxana escuchó claramente cómo el rector la llamaba «frívola». En silencio, retiró la mano del botón y dejó la ventana tal como estaba.
Prefería no romperle el corazón destruyendo la imagen idealizada que tenía de ella.
El director Gerardo la miró con recelo.
—Pero, ¿y si sí era?
—¡Totalmente imposible! —El rector sacudió la mano con firmeza y clavó la vista en una vieja furgoneta despintada que estaba estacionada más adelante en la calle. Sus ojos opacos se abrieron de par en par—. ¡Vamos, la persona que estoy buscando tiene que estar en esa camioneta!
Al ver el destartalado vehículo, Gerardo sintió que su sentido común se hacía pedazos.
—¡Director Gerardo! —llamó Yara desde el auto de lujo.
Ella también había creído que la comitiva de bienvenida era para ella, y al ver que el rector pasaba de largo, no pudo contener la frustración de llamarlo.
Gerardo volteó al escuchar su nombre.
Al ver a Yara, se dio cuenta de que a su lado estaba sentado un joven de rostro atractivo y semblante sereno. Rápidamente esbozó una sonrisa profesional.
—Ah, señorita Soler. Veo que acaba de llegar. Vaya ingresando, por favor, no queremos que llegue tarde a sus registros.
Al ver la cortesía de Gerardo, Yara recuperó su compostura y le dedicó una sonrisa perfecta.
—Muchas gracias, director. Pero escuché que hoy el rector iba a recibir en persona a alguien muy importante. Como no sé quién es, quería preguntar si mi hermano y yo podríamos ser de alguna ayuda.
Gerardo siempre había escuchado maravillas sobre los tres hijos de la familia Soler. Saber que todos eran profesionales sobresalientes le despertaba mucha curiosidad. Al ver en persona a uno de ellos, su entusiasmo fue evidente y no dudó en extenderle la mano.
—¡Joven Darío Soler, es un placer! Soy Gerardo Quinche, el director de disciplina y admisiones de la universidad. Hace tiempo que escucho sobre su prestigio. Dicen que es usted una eminencia médica, casi con manos milagrosas. Es un verdadero honor poder conocerlo en persona.
Roxana, que estaba sentada en el asiento del copiloto, no tenía idea de que la reputación de su hermano en el exterior fuera tan inmensa como para que el temido director de la Universidad del Sur lo tratara con tanta reverencia. Sus ojos se iluminaron con un ligero asombro.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA