—¿Roxana?
Roxana sabía perfectamente que todo era un burdo acto de manipulación, pero al ver la mirada conmovida de sus padres, entendió que si se negaba, los más lastimados serían ellos.
Al fin y al cabo, ella era su hija biológica, pero Yara había crecido bajo su cuidado, y el lazo que compartían era innegable.
—Está bien. Te daré una última oportunidad.
»Pero te lo advierto desde ahora: si vuelves a cruzar la línea para provocarme, no tendré compasión contigo.
En su interior, Yara se burlaba de la amenaza, pero por fuera asintió con una expresión de total docilidad.
—Te lo prometo, Roxana. No volverá a pasar.
Al menos, no volvería a ser tan evidente.
¡No dejaría que la familia Soler tuviera nada en su contra!
—Papá, mamá, sigan desayunando. Yo iré a ver al paciente.
En cuanto Roxana se marchó, Darío se acercó para ayudar a Yara a levantarse.
—Gracias, Darío.
Justo cuando Yara iba a aprovechar para acercarse más a él, Darío soltó su brazo.
—Yara, espero que esta vez tu arrepentimiento sea genuino.
La sonrisa de la joven se congeló al instante.
—Claro que sí, Darío. Cambiaré de verdad.
Marina, que había perdido el apetito, dejó su desayuno.
Aunque su hija había aceptado darle otra oportunidad a Yara, sentía una gran opresión en el pecho.
Se sentía muy mal por lo sucedido.
Rafael notó la incomodidad de su esposa. Se levantó y la tomó del brazo.
—Yara, no has comido casi nada. Siéntate a desayunar. Tu madre y yo ya habíamos quedado con Fernando. Iremos adelantándonos, ustedes vengan después de terminar.
Yara, que pensaba que su espectáculo de victimización lograría que sus padres la consolaran por lo injusto del momento, se quedó atónita al verlos salir así sin más.
No podía aceptarlo.
Pero, al ver la mirada fría de Darío, se tragó su coraje y se sentó a comer en silencio.

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