—¡Maldita sea! ¡¿Eso fue un disparo?!
Aunque Sexto se consideraba alguien de peso en Puerto Esperanza, jamás se atrevería a abrir fuego a plena luz del día en esa zona.
Con toda su experiencia en los bajos fondos, sabía que cualquiera con las agallas de disparar así o tenía un respaldo muy poderoso, o simplemente no le importaba morir.
—¡Eso creo!
—¡¿Cómo que eso crees?! ¡Claro que lo fue!
—¡Jefa! ¡Están armados! ¡¿Acaso vienen a aniquilarnos a todos?!
Los demás matones tampoco estaban preparados para algo así. Al escuchar el disparo, se pusieron rígidos, como si estuvieran frente a su inminente final.
Sexto también sintió el pánico recorrerle el cuerpo.
—Jefa, hoy solo veníamos a hacer un teatro, mis muchachos y yo no trajimos nuestros "juguetes". Si nos enfrentamos a ellos, ¡nos van a masacrar! ¡Lo mejor es salir huyendo ahora mismo!
Roxana, en cambio, miró hacia atrás con expresión sombría. No sabía explicar por qué, pero sentía una profunda inquietud.
Era como si hubiera surgido un imprevisto completamente fuera de sus cálculos.
—Sexto, lleva a tus hombres por este sendero hasta llegar a la carretera principal. Desde ahí, consigan transporte y lárguense. Yo no voy con ustedes.
Al oír que planeaba regresar sola, Sexto le bloqueó el paso de inmediato.
—¡Jefa! ¿No acaba de decir que hay dos grupos tras nosotros? Ahora mismo no sabemos quién es amigo y quién es enemigo. ¡¿Cómo va a regresar?! ¡Es un suicidio!
Roxana negó con la cabeza.
—Estaré bien, sé lo que hago. Váyanse rápido, porque si se demoran, no saldrán vivos de aquí.
—¡Jefa! —Aunque Sexto estaba aterrado, realmente respetaba a Roxana como líder. No quería verla morir e intentó persuadirla una vez más—. ¡Esa gente tiene armas! ¡Por muy buena que sea peleando, no puede detener las balas con su propio cuerpo!
Pero la decisión de Roxana ya estaba tomada.
—Tranquilo, no me pasará nada. Más tarde les enviaré su pago por las molestias. Lleva a los muchachos a descansar.
En cualquier otra circunstancia, Sexto y sus hombres habrían saltado de alegría al escuchar sobre el dinero.
Pero no en ese momento.
Su jefa estaba decidida a regresar al peligro y ellos, siendo sus subordinados, tenían que salir huyendo y dejarla sola. Eso los hacía sentir repulsión por sí mismos.
Roxana notó la lucha interna en sus miradas y dijo con tono sereno:

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