Cuanto más lo pensaba, más pánico sentía. Presa de la desesperación, olvidó por completo el veneno que Roxana les había obligado a tragar y soltó:
—¿De qué te preocupas? Roxana está en perfectas condiciones, ella...
Apenas pronunció esas palabras, tanto ella como Elba sintieron un dolor punzante en el estómago.
Era como si alguien les estuviera retorciendo las entrañas.
—¡Valeriano! —Elba, atada de manos, se encorvó sobre sí misma lo mejor que pudo y suplicó—: Mi madre y yo fuimos envenenadas, ¡llévanos al hospital ahora mismo!
—¡Sí! Esa pequeña zo... —Luisa, con los dientes castañeteando de dolor, estuvo a punto de soltar un insulto, pero se corrigió a tiempo—. ¡Los secuestradores nos obligaron a tomar un veneno! Roxana se fue con ellos, ¡llévanos al hospital, rápido!
Luisa ya estaba enferma, su cuerpo no soportaba tanto sufrimiento.
Su rostro perdió todo rastro de color y empezó a adquirir un tono grisáceo.
—¿Joven Valeriano? —Leandro, que sabía que Luisa padecía de cáncer, vio que su jefe no respondía. Temiendo que una tragedia con esa mujer le trajera problemas a Valeriano, intervino con cautela.
Sin embargo, Valeriano se mantuvo impasible, con los ojos oscuros y fríos como el hielo.
—Dicen que Roxana se fue con los secuestradores. ¿Hacia dónde se dirigieron?
Luisa y Elba ya no podían ni mantenerse rectas por el dolor. Sin importarles las palabras que usaba, respondieron a duras penas:
—No lo sabemos, pero se fueron hace menos de diez minutos. ¡Tienen que seguir por aquí cerca!
Una vez que obtuvo la información clave, Valeriano le encargó a Leandro que se ocupara de ellas y lideró a los diez hombres del escuadrón sombra para seguir el rastro.
Mientras tanto, el equipo técnico, respaldado por sus inmensos recursos, seguía intentando rastrear cualquier señal telefónica en el área.
Pero esta vez, el enemigo estaba preparado. Por más que buscaron, no lograron detectar ni una sola conexión.
Frente a ellos, el camino se transformaba en un sendero estrecho, imposible de transitar en auto.
Uno de los sombras que había ido de reconocimiento regresó a informar:
—Jefe, encontramos un vehículo abandonado a un lado del camino más adelante. El motor aún está caliente. Los ocupantes acaban de huir.
Valeriano miró aquel sendero cubierto de maleza. Sabía que una silla de ruedas jamás podría pasar por ahí.
Esa limitación encendió en su pecho una intensa y sofocante oleada de desprecio hacia sí mismo.

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