Esta era exactamente la reacción que buscaba Alcira.
Mientras más frágil e inocente pareciera, más pena sentirían por ella.
Por el contrario, la actitud arrogante de Roxana solo lograría que todos la odiaran.
—¡Ja!
Roxana se rio, genuinamente divertida por la actuación barata de esas mujeres. Pero esa sonrisa, fugaz como una ola en el agua, nunca llegó a sus ojos.
—Esa Porcelana antigua de la dinastía Yuan es única en el mundo; si se rompe, jamás encontrarán otra igual. Señor Sandoval, ¿está completamente seguro de que no quiere investigar más a fondo?
Al escuchar eso, toda la sala quedó en un silencio sepulcral.
Todos sabían lo invaluables y escasas que eran esas piezas de porcelana en el mundo de las antigüedades.
Pero para Elena, aquello no tenía nada que ver con lo que intentaban lograr.
Los ojos de Valeriano se oscurecieron con intensidad. Aunque apenas se habían visto dos veces, entendió de inmediato el verdadero mensaje detrás de sus palabras.
Con una simple mirada, le ordenó a Leandro que revisara los pedazos rotos.
—Roxana, deja de hablar tonterías. ¡Lo que estamos discutiendo aquí es cómo lastimaste a mi hija! Ni creas que por cambiar de tema te vas a salvar. ¡Si no te arrodillas y le pides perdón ahora mismo a Alcira, juro que no te dejaré en paz!
Elena llevaba tiempo esperando la oportunidad para poner a Roxana en su lugar, y ahora que la tenía, no la iba a desaprovechar.
—¿Pedirle perdón? —preguntó Roxana con tono glacial—. Me temo que a tu hija no le quedará vida suficiente para escucharlo.
—¡¿Qué?! —exclamó Elena, furiosa y asustada a la vez—. ¡¿Qué estupideces estás diciendo?! ¡¿A qué te refieres con que no le quedará vida?!
A Alcira se le heló la sangre. Sintió que Roxana no estaba soltando palabras al azar y el pánico comenzó a apoderarse de ella.
—Roxana... ¿de qué estás hablando?
La expresión de Valeriano cambió y clavó una mirada aterradora y asfixiante sobre Leandro.
Al principio, Leandro no había notado nada extraño entre los pedazos de la taza. Pero cuando Roxana se levantó de su asiento, caminó hacia él y señaló un pequeño fragmento con la punta del zapato, su rostro se quedó sin color.
—¡Lorenzo, la taza tenía veneno! ¡Llame al Doctor Silva de inmediato!
Estaba tan aterrado al pensar en lo que podría haber pasado que su voz temblaba descontroladamente.
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