Aunque estuviera en una silla de ruedas, ese rostro digno de una deidad hizo que a Yara le diera vueltas la cabeza y el corazón le empezara a palpitar a mil por hora.
Pero cuando escuchó a Valeriano —un hombre conocido por su extrema indiferencia— decirle a Roxana: "Nos volvemos a encontrar", sintió como si la hubieran empapado en agua helada.
¿Ya se conocían?
¿Cuándo pasó? ¡Ella no sabía nada de esto!
¿Acaso... su padre había arreglado que se conocieran a sus espaldas?
Por su parte, Alcira borró de inmediato su expresión de odio y adoptó la cara más inocente y lastimera posible.
—Roxana, yo... me asusté tanto cuando me quemé que, sin querer, empujé la taza. Todo fue mi culpa, lo siento muchísimo.
Como todo ocurrió en cuestión de segundos, Elena no había prestado atención a cómo salió volando la taza.
Al escuchar la vocecita lastimera de su hija, la furia de Elena estalló.
—¡Alcira, tú no tienes que pedirle perdón a nadie! ¡Es Roxana la que debería estar pidiéndote disculpas de rodillas!
Miró a Roxana con odio puro.
—¿Cómo pudiste hacerle esto a mi hija? Sé que no eres mi hija biológica, pero mi esposo y yo jamás te faltamos al respeto. ¡Todo lo que tuvo Alcira, tú también lo tuviste! Incluso cuando decidiste ir a buscar a tu verdadera familia, te dimos dinero extra para que no te faltara nada. ¡Y así es como nos lo pagas!
El comentario de Elena hizo que todos en la sala se quedaran mirándola.
Especialmente los empleados de la mansión. Ellos le tenían mucho respeto a Alcira por haberle salvado la vida a su amo, así que ahora veían a Roxana como una malagradecida sin remedio.
Sin embargo, estando Valeriano presente, ninguno se atrevía a mostrar ninguna expresión. Solo mantenían la cabeza agachada y guardaban silencio.
Lorenzo, que había visto con sus propios ojos a Roxana patear la taza para salvarse, sabía perfectamente que Roxana no era la clase de persona que Elena describía.
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