Lorenzo, al escuchar el alboroto a sus espaldas, se giró rápidamente. Él, que siempre mantenía la compostura en cualquier situación, sintió que el alma se le escapaba del cuerpo.
—¡Cuarta señorita! —gritó, aterrorizado.
—¡Roxana! —El chillido exagerado de Alcira incluso ahogó la voz de Lorenzo.
Elba y Yara, que también vieron cómo el líquido hirviendo iba directo hacia Roxana, se quedaron congeladas.
¡Era una bebida recién preparada y estaba a punto de ebullición!
Ninguna de las dos creía que Roxana tuviera tiempo de esquivarlo.
Sin embargo, en el último segundo, Roxana, que estaba tranquilamente sentada con las piernas cruzadas, usó el brazo del sillón para impulsarse hacia arriba con una agilidad impresionante. Dio un salto hacia atrás y, con un movimiento impecable del empeine, pateó la taza hirviendo en el aire, alejándola de su dirección.
La taza se estrelló estrepitosamente contra el piso de mármol, salpicando líquido por todas partes.
Roxana calculó perfectamente la fuerza de su patada para evitar que la taza golpeara a alguien. Sin embargo, Alcira, en su afán por acercarse y ver cómo Roxana se quemaba, se había inclinado demasiado y algunas gotas del líquido hirviendo le cayeron directamente en el dorso de la mano.
Antes de que las demás mujeres pudieran procesar los reflejos inhumanos de Roxana, un chillido agudo rompió el silencio.
—¡Aaaah! ¡Mi mano!
Alcira saltó como un resorte, agarrándose la muñeca derecha con la mano izquierda mientras el dorso de su mano se ponía de un rojo intenso.
Elena sintió que el corazón se le detenía de la angustia al ver a su hija.
—¡Rápido! ¡Agua fría! ¡Tráiganme agua fría, ya! —gritó histérica a los empleados.
Lorenzo reaccionó enseguida y ordenó que fueran a buscar agua.
Mientras tanto, Valeriano Sandoval descendía en el ascensor desde su estudio en el segundo piso. Al escuchar el escándalo en la sala principal, una sombra de disgusto apareció en sus ojos indiferentes.
—¿Qué está pasando? —le preguntó a Leandro.
—Iré a revisar de inmediato, señor.
Apenas Leandro pisó la sala principal, vio a un empleado saliendo corriendo de la cocina con un gran tazón de agua con hielo.
—¡Oye, ¿por qué corres?! ¿Se te olvidaron todas las reglas de esta casa? —lo regañó Leandro de inmediato.
El empleado, al ver a Valeriano sentado en su silla de ruedas con el ceño fruncido y expresión gélida, hizo una rápida reverencia.
—Joven amo, lo que pasa es que la señorita Alcira sufrió una quemadura y necesita agua helada urgentemente para el dolor. Por eso yo...
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