—Roxana, nos volvemos a encontrar.
Alcira miró a Roxana, que caminaba detrás de todos junto al mayordomo Lorenzo, y en sus ojos brilló un atisbo de triunfo.
Roxana levantó un poco la barbilla y respondió con una sonrisa que no llegó a sus ojos:
—Qué coincidencia. ¿Qué las trae por aquí? ¿Acaso vinieron a abogar por alguien más?
El comentario hizo palidecer al instante a la madre e hija Maldonado y a las primas Soler.
Las cuatro se miraron, asustadas.
Elena, asumiendo su posición de "persona mayor", la reprendió:
—¡Muchacha, mide tus palabras! ¿Crees que nosotras somos de las que piden favores a cambio de favores pasados? Además, hoy estamos aquí por invitación directa del Señor Sandoval. De no ser así, ni siquiera nos atreveríamos a venir a molestar.
Roxana arqueó una ceja. ¿El mismísimo Valeriano las había invitado?
Lorenzo, notando la situación, se acercó a explicarle a Roxana con amabilidad:
—Así es. El joven amo invitó a la señora Elena y a la señorita Alcira. Por favor, tomen asiento. Enseguida traerán el té.
A Roxana no le importó mucho que no le explicaran los motivos. Se dirigió al sillón individual más alejado y estaba a punto de sentarse.
—Roxana, no me parece que ese sea el lugar adecuado para ti.
Roxana la ignoró, se sentó cómodamente, cruzó sus largas y delgadas piernas y preguntó con total tranquilidad:
—¿Qué tiene de inapropiado?
La voz de Alcira sonaba suave y reprobatoria:
—Roxana, estamos en la Mansión Sandoval, no puedes comportarte como te dé la gana. Ni Elba ni Yara se han sentado todavía. Lo que estás haciendo es una falta de respeto al orden.
El resto de las presentes, que no lo habían notado, asintieron ante su comentario.
Elba se rio por lo bajo, encantada de que su mentira sobre que Roxana era una "sirvienta" estuviera funcionando tan bien. Roxana era como una peste; a donde iba, nadie la soportaba.
Yara también curvó levemente los labios.
Al ver que Roxana ni se inmutaba, Elena la volvió a reprender:

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