El desdén en sus palabras era tan punzante que Marco sintió el impulso de golpearla. Pero, al recordar que su musa estaba observando, se tragó la rabia y le espetó con veneno:
—¡Roxana, deja de actuar! ¿Crees que menospreciar mi composición te va a limpiar de culpa? ¡Si no fuera tan buena, ni siquiera te habrías molestado en robarla!
Roxana se encogió de hombros.
—Tu estándar de bueno es lamentable. Con este nivel, podría componer cien al día.
—¡Jajajajaja!
La carcajada estalló en todo el salón. El único que no se rio fue Silvano, que la miraba estupefacto.
En medio de las burlas, Roxana seguía con esa expresión de absoluta tranquilidad.
—¿Les parece gracioso?
Brenda, que se había doblado de la risa, se irguió adoptando un tono exagerado.
—Ay, Roxana... Yo pensaba que solo te gustaba tomar el camino fácil, ¡no sabía que también sufrías de delirios de grandeza! ¿Cien al día? Te falla la cabeza, de verdad. ¡Haznos el favor de irte de la escuela y visitar un psiquiatra!
Yara contuvo la risa y fingió preocupación.
—Hermanita, entiendo que quieras probar tu inocencia a toda costa, pero si dices esas barbaridades nadie te va a creer. Mejor déjalo así. Si quieres, te acompaño a hablar con el director para rogarle que sea indulgente.
Al ver que nadie le creía, Roxana decidió no malgastar saliva. Se giró hacia Ramiro, que estaba a su lado, y le hizo un gesto con la barbilla.
—Un bolígrafo.
A Ramiro le molestó su actitud soberbia.
—¿Acaso te crees la dueña del mundo? —rezongó.
Brenda la miró con absoluto desprecio.


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