La pregunta dio justo en el punto débil de Silvano, dejándolo sin palabras.
El día que Roxana lo ayudó, la cámara de seguridad del salón de música estaba descompuesta y aún esperaban a los técnicos para repararla. Además, a él le gustaba componer a mano, así que, sin el papel original, no tenía forma de demostrar absolutamente nada.
Al ver que el círculo se cerraba perfectamente, un brillo de emoción cruzó la mirada de Yara, aunque sus palabras fingían otra cosa.
—Pero... eso no demuestra que haya sido un plagio, ni mucho menos que mi hermana te haya ayudado a robarlo. A lo mejor es solo una desafortunada coincidencia.
Marco miró a Roxana con una mueca de burla.
—Por supuesto que no es coincidencia. Desde que llegó a la escuela, la he visto deambular por todas partes. Ese día en particular, la vi salir del salón de música. Yo había olvidado mi partitura allí y regresé a buscarla. Apenas la tomé, noté que alguien la había manoseado. En ese momento no le di importancia, pero ahora entiendo que fue entonces cuando hizo su jugada. ¡Jamás imaginé que fuera una persona tan ruin y despreciable! Si no me creen, exijamos que revisen las grabaciones de seguridad.
Las palabras de Marco sonaban tan seguras que la balanza de la opinión pública se inclinó de inmediato a su favor.
Silvano sentía una impotencia aplastante.
—¡No es así! ¡La compañera Roxana no plagió a nadie! ¡Esa pieza es mía!
Brenda, que estudiaba diseño y sentía un desprecio visceral por el plagio, soltó una carcajada sarcástica.
—¿Y de qué sirve que grites? ¿Acaso tienes pruebas?
Silvano bajó la cabeza. Su rostro, marcado por los golpes, reflejaba una absoluta desesperación. A lo largo de su vida había vivido situaciones similares tantas veces que creía estar acostumbrado, pero jamás imaginó que esta vez arrastraría a Roxana consigo.
En ese momento, Yara dejó escapar un suspiro cargado de pesadumbre y miró a Roxana con expresión de impotencia.
—Hermanita... Esta vez, me temo que ni yo podré ayudarte.
Las palabras firmes de Marco, la falta de pruebas de Silvano y la aparente rendición de Yara terminaron por sellar el destino de la situación. Para todos, Roxana era culpable.
—Roxana Soler, gente como tú no merece estar en la Clase Élite 1.
—Entraste usando conexiones y ahora resulta que también eres una ladrona de ideas. En nuestra clase nunca había ocurrido un escándalo tan asqueroso, es más, en toda la historia de la universidad no se había visto algo así.


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