Roxana, que sostenía su libro en el aire, lo bajó con una lentitud exasperante al escuchar su nombre.
A los que estaban en la puerta los había visto hacía poco. El furioso se llamaba Marco Sarmiento, y el chico delgado al que arrastraba era Silvano Sarmiento.
Silvano lucía mucho peor que la última vez que los había visto. Tenía el ojo derecho completamente hinchado y manchas de sangre en el cuello de su camisa.
Al ver semejante escena, Yara esbozó una sonrisa imperceptible. Se levantó de su asiento y preguntó con una amabilidad estudiada:
—Compañero, ¿acaso mi hermanita te causó algún problema? Por favor, cálmate y cuéntanos qué sucedió.
Al ver a Yara, con sus rasgos delicados y su porte tan elegante, la furia de Marco se transformó al instante en nerviosismo. Ella era la chica de sus sueños desde hacía un año.
—Yo...
Yara notó su nerviosismo y le regaló una sonrisa dulce.
—No te apresures. Tómate tu tiempo para explicarlo.
El rostro de Marco se encendió y su corazón empezó a galopar, pero cuando su mirada se cruzó con los ojos gélidos de Roxana, la furia volvió a apoderarse de él.
—¡Fue Roxana Soler! ¡Me robó la partitura que yo compuse y se la entregó a Silvano para que la tocara frente al profesor y me quitara mi lugar! ¡Por su culpa, ahora no tengo una pieza que presentar en el examen de ingreso de la Academia de Élite en dos días!
En cualquier lugar del mundo, plagiar el trabajo de otra persona era un acto despreciable, y mucho más a escasos días de un examen tan crucial. Al escuchar que Roxana había caído tan bajo, las expresiones de todos en el salón se llenaron de repulsión.

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