C96-LO QUE ELLA VALE
Jade salió de su habitación con pasos firmes y el broche apretado en la mano. Caminó directo hacia el área de servicio del ala.
—¡Hala! —llamó con voz cortante.
La sirvienta dejó inmediatamente lo que estaba haciendo y se acercó.
—Acompáñame —ordenó.
Cuando estuvieron solas en un pasillo apartado, Jade se giró bruscamente y su mirada era helada.
—Dime, ¿quién está haciendo mi té?
Hala la miró extrañada.
—Yo, mi señora… como usted lo pidió, con la cantidad exacta de menta.
Jade apretó los labios y se giró hacia los jardines que se veían por la ventana.
La noche anterior había sentido un sueño extraño, demasiado profundo. Si no hubiera alcanzado a ver cómo Zayd se subía encima de ella, habría jurado que no tuvieron relaciones.
¿Se había dormido? ¿Él la había usado mientras estaba inconsciente?
La idea le revolvió el estómago y su mente se convirtió en un revoltijo de rabia y sospecha, se giró de nuevo hacia Hala.
—A partir de ahora cambia el té. Ya no lo quiero de menta. Hazlo de canela y cardamomo.
—Como ordene, mi señora —respondió la sirvienta rápidamente.
Jade hizo una pausa y luego le mostró el broche.
—Otra cosa… averigua qué guardaespaldas de Zayd perdió esto. Y una vez que lo sepas, tráelo ante mí.
Hala miró el broche con atención.
—Mi señora, eso estaba…
—No es tu problema, Hala —la cortó con frialdad—. Limítate a hacer lo que pido.
La sirvienta asintió con la cabeza baja.
—Sí, mi señora.
Hala tomó el broche y se alejó deprisa.
Jade se quedó sola, mirando los jardines con los ojos entrecerrados.
—Porque tengo la impresión, Zayd… de que me engañas —murmuró—. Y si es así… lo pagarás caro… muy caro.
En la habitación del jeque, Mariam terminó su jugo de naranja y dejó el vaso en la bandeja.
La noche anterior Zayd había regresado casi una hora después.
Le dijo que había estado esperando en la sala de reuniones del ala este, supervisando unos documentos importantes mientras Tariq terminaba su trabajo.
Ella le creyó.
No había aroma de Jade en su piel, ni rastro de perfume, ni nada. Se habían quedado juntos en la cama y durmiendo abrazados. Zayd había pasado la mano por su vientre toda la noche, acariciándolo con ternura.
Estaba feliz y ella también.
Pero por otro lado estaba asustada, lo que estaban haciendo era un pecado, algo irreparable y si se descubría, Zayd pagaría consecuencias muy graves.
La puerta se abrió de repente.
Sila, la madre de Zayd, entró con una sonrisa cálida.
—Querida, ¿ya terminaste?
Mariam dejó el vaso y se puso de pie.
Se hizo un silencio pesado.
Ibrahim observó a su hijo con atención y entendió en ese momento que Zayd estaba agotando todas las opciones posibles por Mariam y eso solo podía significar una cosa: se había enamorado perdidamente de ella.
En el pasado, Mariam le había parecido la yerna correcta, ideal.
Solo si no hubiera humillado a su hijo, al nombre de la familia y no se hubiera ido a América a convertirse en modelo… Por eso había apoyado a Jade. Siendo una Sabag, era la segunda mejor opción. Pero ahora Zayd no entraba en razón y desafiarlo tampoco era lo que quería.
Al final se trataba de su único hijo.
Ibrahim habló por primera vez, con voz profunda.
—¿Qué propones?
Zayd se enderezó, sorprendido por la pregunta de su padre, pero con determinación clara.
—Mariam se queda como segunda esposa. Pero asume deberes de jequesa. Conoce el protocolo, por eso puede presentarse ante las familias aliadas y demostrar que puede representar a esta dinastía. —Hizo una pausa—. Yo respondo por ella ante la ley y ante Alá. Si falla, el consejo decide. Si no falla… —miró directamente a su padre— se queda, para siempre.
Los hombres se miraron entre sí.
Todos sabían lo que significaba eso en su mundo: representar a la familia Al-Rashid ante otras tribus y familias poderosas no era solo asistir a eventos. Significaba ser la cara pública de la dinastía, negociar alianzas, mantener el honor y el respeto ante los demás jeques del Golfo.
Una sola equivocación podía costarles todo.
Ibrahim lo estudió largo rato, en completo silencio.
—Das demasiado por una mujer que te humilló.
—Doy exactamente lo que ella vale —respondió Zayd sin dudar.
El viejo jeque cerró los ojos un momento y cuando los abrió, asintió una sola vez.
—Tienes treinta días. Que Alá cuide de que no te arrepientas.

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