C88- VOLVER A VERLO
Yasmine salió del edificio con la espalda recta y los pasos firmes.
Eso era lo que mostraba hacia afuera.
Por dentro era otra cosa completamente distinta. Tenía el video de Hazem instalado en la cabeza como una cuenta regresiva que no paraba, y cada vez que intentaba encontrar una salida, terminaba en el mismo lugar: no había ninguna. Hazem tenía las cartas, las tenía todas, y lo peor era que él lo sabía y ella también lo sabía.
Cuarenta y ocho horas.
Subió al auto y cerró la puerta.
El chofer arrancó sin preguntar. Yasmine miró por la ventana sin ver realmente nada de lo que pasaba afuera.
Entonces el teléfono vibró.
Lo sacó del bolso por instinto, miró la pantalla y frunció el ceño. Era un número que no tenía guardado.
Dudó medio segundo y contestó.
—¿Bueno?
—¿Señorita? —La voz del otro lado era baja, tensa—. Soy Kareem.
Yasmine se tensó de inmediato. Miró hacia el asiento delantero. El chofer tenía los ojos en la carretera pero eso no significaba nada, así que bajó la voz.
—¿Para qué me llamas? Ya te pagué.
—No la llamo por eso, señorita. —Kareem hablaba rápido, atropellado—. La llamo porque el americano quiere verla. Dice que ahora es usted quien debe ir a verlo.
El aire dentro del auto cambió.
Yasmine procesó las palabras una por una, buscando el error, buscando el malentendido, buscando cualquier interpretación que no fuera la que acababa de entender.
—Qué —susurró.
—No se fue, señorita. Me dijo que no se iría de Riad. —Kareem hizo una pausa nerviosa—. Yo ya estoy en problemas por haberlo ayudado y tengo una familia, señorita. Por favor. Venga a la dirección que le voy a dar, yo no quiero saber más nada de esto.
Yasmine escuchó la dirección. La grabó en su memoria sin escribirla, sin repetirla en voz alta, sin hacer nada que el chofer pudiera registrar.
—No le digas nada a nadie. A nadie, Kareem. ¿Entendiste?
—Sí, señorita.
Colgó.
Bajó el teléfono despacio y lo apoyó sobre su rodilla.
Baron Whitmore seguía en Riad.
No se había ido.
Tenía todo lo que necesitaba para desaparecer de este país sin dejar rastro, y había elegido quedarse.
Yasmine cerró los ojos tres segundos.
«Es por Mariam», pensó. «Se quedó por Mariam».
Y eso era exactamente el tipo de cosa que Baron haría, porque era exactamente el tipo de hombre que era, y ella lo sabía desde la primera vez que lo había visto mirar a su amiga.
Pero lo que eso significaba ahora, con Zayd en el palacio y Hazem con el video era un desastre de proporciones que Yasmine no quería calcular.
Se recostó en el asiento y miró el techo del auto mientras Riad seguía pasando afuera.
El corazón le latía más fuerte de lo que debería, pero no supo si era el miedo a lo que se venía o… por volver a verlo.
(...)
Mariam llevaba tres horas encerrada.
Se había vestido porque quedarse en la cama le parecía una forma de rendirse, y ella no estaba lista para rendirse. Había desayunado lo que le habían traído, aunque el café le supo a nada y el pan se le quedó atravesado en la garganta. Había caminado de un extremo al otro de la habitación tantas veces que ya conocía cada mosaico del suelo de memoria.
Pero lo que realmente la estaba consumiendo no era el encierro.
Mariam no cambió la expresión, si acaso levantó el mentón un centímetro y esperó.
Pero apenas se acercaron, los guardias se movieron hacia el centro del corredor bloqueándole el paso a Jade con la misma firmeza con que se lo habían bloqueado a Mariam.
—Las instrucciones del Jeque son claras —dijo el guardia de la izquierda—. Nadie entra.
Jade se detuvo frente a ellos con la sonrisa intacta.
—Soy la primera esposa. Y si en los próximos diez segundos no se apartan de mi camino, voy a asegurarme de que los dos pasen el resto de su servicio custodiando el almacén de suministros del ala norte. —Una pausa—. ¿Entendieron?
Los guardias intercambiaron una mirada.
El estatus de primera esposa en una familia como los Al-Rashid no era un título decorativo. Tenía peso real, tenía precedencia en el protocolo del palacio, y desafiarla abiertamente sin una orden explícita de Zayd que la nombrara a ella específicamente era un terreno que ninguno de los dos quería pisar.
Se apartaron y Jade entró.
Pasó junto a Mariam sin rozarla y se detuvo en el centro de la habitación, luego se giró hacia ella.
—Escuché que tuviste una noche interesante.
Mariam la miró sin moverse.
—¿Qué quieres, Jade?
—Nada. —Sonrió—. Solo vine a ver cómo estabas. —Caminó despacio hacia la ventana, miró afuera un segundo y luego se giró—. Y a bajarte de tu nube… ¿Creías que por darle un hijo ibas a ser la favorita? ¿Que el embarazo te ponía por encima de todo lo demás?
—No vine a este palacio a competir contigo, no lo necesito. De hecho jamás lo he necesitado.
—Siempre tan arrogante, prima… —Jade mantuvo la sonrisa—. Pero sabía que fallarías, una mujer como tú cae ante sus propios errores y… aquí... una esposa desobediente enfrenta ciertas consecuencias… —Se acercó un paso—. Él te va a repudiar. Sin compensación, sin derecho a apelar, sin nada. Y tú te vas de este palacio sin un centavo y sin un nombre que te proteja.
Mariam sostuvo su mirada con los puños apretados.
—¿Ya terminaste?
—Todavía no. —Jade bajó la voz—. Hay algo más, prima… y es que… —bajó la vista al vientre de Mariam—. Cuando nazca ese bebé, Zayd tiene el derecho legal de entregárselo a quien él decida para su crianza. —hizo una pausa calculada—. Y yo soy su primera esposa. Ese niño que cargas va a crecer llamándome madre. Y tú jamás volverás a verlo… —sonrió—. Gracias por hacerlo fácil para mí, prima.

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