C87- CUARENTA Y OCHO HORAS
Hazem no había dormido más de tres horas.
No porque le pesara la conciencia, sino porque había pasado la madrugada revisando cada ángulo de lo que tenía entre las manos y asegurándose de que no hubiera ningún cabo suelto. Sobre el escritorio de cristal de su oficina privada descansaba el iPad con las grabaciones que él mismo había extraído del sistema de seguridad del hotel antes de que Zayd ordenara borrar todo. Su primo había actuado rápido para proteger el nombre de la familia, pero Hazem había actuado más rápido todavía.
En el video se veía a Yasmine con claridad. La abaya de diseñador, ella entrando dos veces al área VIP.
Nada ambiguo. Nada que pudiera interpretarse de otra forma.
Hazem lo vio una vez más y cerró la aplicación.
Recordó la última vez que había intentado ayudarla, le había ofrecido matrimonio. Una salida limpia, sin humillaciones, sin un hombre de sesenta años esperándola en el lecho nupcial. Y ella lo había rechazado con esa boca suya que no pedía permiso para nada.
Hazem no olvidaba y ese era uno de sus defectos más útiles.
Tocó el intercomunicador.
—Trae a la señorita Yasmine. —ordenó—. Asegúrate de que sus padres crean que viene a una reunión de negocios familiares.
Yasmine entró a la oficina una hora después.
No venía temblando.
Caminaba con la espalda recta y esa expresión suya de quien llega a un lugar porque quiere, no porque la hayan llamado. Se sentó frente al escritorio, cruzó las piernas, acomodó la abaya con un gesto lento y deliberado y lo miró.
—Espero que esto sea rápido. —Su voz era plana y sin cortesía innecesaria—. Porque si me citaste aquí para volver con lo del matrimonio, te aviso que prefiero casarme con el viejo y sus pozos petroleros antes de darte esa satisfacción.
Hazem no respondió de inmediato.
La miró durante un segundo y su determinación subió un grado más, luego giró el iPad sobre el escritorio y le dio al play sin decir una sola palabra.
Yasmine miró la pantalla.
Se vio a sí misma en el corredor del hotel, todo perfectamente capturado, perfectamente iluminado, perfectamente devastador.
Sabía exactamente lo que significaba ese video en términos legales.
En Arabia Saudí, la complicidad en la fuga de una esposa del hogar conyugal, la coordinación con un ciudadano extranjero no mahram, la facilitación de un encuentro que violaba las obligaciones maritales de otra mujer, todo eso tenía nombre en el código penal del Reino. Y ella podía derivar en cargos formales ante la Fiscalía General, en años de prisión en la cárcel central de mujeres de Riad, en un Travel Ban inmediato que le congelaría el pasaporte antes de que terminara el día.
Y su familia no tenía con qué absorber ese golpe.
No ahora.
No con las deudas de su padre que llevaban acumulándose en silencio, y un escándalo de esta magnitud vinculado al nombre de los Al-Rashid los hundiría sin posibilidad de recuperación.
Todo eso lo procesó en aproximadamente cuatro segundos, luego levantó los ojos hacia Hazem.
«¡Que Alá te maldiga!» bufó internamente.
—¿La decisión? Llamas decisión a elegir entre la cárcel y casarme contigo. —Lo miró fijo—. Prefiero la cárcel, Hazem. En serio. Al menos ahí sé exactamente quién me tiene encerrada y por qué.
Hazem apretó el puño con rabia, bueno, quizás algo más difícil de sostener que la rabia.
—¿Estás enamorada? —Lo dijo en voz baja, con una suavidad que no encajaba con nada de lo que había dicho antes—. Lo sé… ¿Quién es? Dímelo ahora.
Yasmine frunció el ceño.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste. —Hazem no apartó los ojos de los de ella—. Porque no es orgullo lo que te hace rechazarme. El orgullo no se ve así. ¿Hay alguien?
Yasmine abrió la boca y la cerró y Hazem procesó lo que acababa de ver en su cara. Algo en él se endureció de una forma distinta a como se había endurecido antes, no con frialdad calculada sino con algo que se parecía demasiado a un hombre que acaba de recibir una información que no quería tener.
—Bien. —Lo dijo despacio—. Tienes cuarenta y ocho horas para darme una respuesta. —Giró el iPad hacia él y lo cerró—. Piénsalo con calma. Ahora puedes irte.
Yasmine se puso de pie, lo miró una última vez desde arriba y salió sin decir una sola palabra más.
Hazem se quedó solo en la oficina con el silencio y el iPad cerrado sobre el escritorio, mirando la puerta por donde ella había desaparecido con una expresión que nadie más en el mundo hubiera podido leer.
—Voy a descubrir quién es… —apretó el puño—. Ya helwat hayati (dulzura de mi vida).

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