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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 8

C8: EL JEQUE VENDRÁ ESTA NOCHE

El día de la boda amaneció con un cielo despejado sobre Riad, el Palacio Al-Rashid había sido transformado para la ocasión. Los invitados incluían a ministros del gobierno, jeques de tribus aliadas y familias prominentes de Riad, todos vestidos con sus mejores galas.

Jade se movía entre los invitados como la primera esposa, vistiendo una abaya de seda color turquesa con intrincados bordados de oro, su rostro mostraba una sonrisa perfecta, pero sus ojos permanecían fríos y calculadores.

Se acercó al padre de Mariam, quien conversaba con otros hombres mayores.

—Tío Mustafá —saludó con una reverencia respetuosa—. Que Alá bendiga esta unión entre nuestras familias.

El hombre asintió solemnemente.

Cuando los padres de Jade murieron en un accidente hace quince años, había sido Mustafá, hermano de su padre, quien la acogió como una hija más. Por eso creció junto a Mariam como hermanas, hasta que ambas pusieron sus ojos en el mismo hombre: Zayd.

Aun así fue ella quien se comprometió con él, pero Mariam había conseguido interponerse.

Después de saludar a su tío, se dirigió hacia Amira.

—Tía —dijo, besándola en ambas mejillas—. Es un día bendecido por Alá.

—Sí, querida —respondió Amira, estudiando el rostro de su sobrina—. Espero que esta unión traiga paz a nuestras familias.

—Lo hará.

Mientras tanto, en el área principal, Zayd esperaba junto al imán que oficiaría la ceremonia. Vestía una túnica blanca inmaculada y un bisht negro con bordados dorados, era la vestimenta tradicional de mayor prestigio para un jeque en ocasiones importantes.

Su rostro permanecía impasible, pero por dentro, una inquietante mezcla de anticipación y nerviosismo lo consumía.

«¿Cómo será verla vestida de novia?» se preguntaba. «¿Seguirá teniendo esa mirada desafiante que tanto me irrita?»

De repente un murmullo recorrió la sala cuando las puertas se abrieron y Mariam apareció escoltada por su padre. Su vestido blanco marfil, visible bajo la abaya ceremonial transparente, resplandecía con miles de cristales y perlas que captaban la luz, el velo, sostenido por una tiara de diamantes, ocultaba parcialmente su rostro, pero no podía disimular la intensidad de sus ojos azules.

Zayd sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Nunca le pareció haber visto a una mujer tan hermosa, ni siquiera Jade y por un momento, olvidó todo: el rencor, la traición, las circunstancias que los habían reunido nuevamente.

Solo existía ella, avanzando hacia él como una aparición.

En su lugar Jade observaba con su sonrisa congelada mientras la rabia bullía en su interior. Porque Mariam siempre conseguía ser el centro de atención, incluso ahora, cuando debería estar humillada por convertirse en segunda esposa.

La ceremonia comenzó, el imán habló sobre los deberes matrimoniales y la importancia de la familia. Finalmente, llegó el momento de la firma del contrato matrimonial, donde se especificaba la dote que Zayd entregaría a Mariam como garantía de su compromiso.

—No quiero tu lugar, y mucho menos a tu Jeque. De hecho, te daré un consejo de "hermana": si logras convencerlo de que me deje ir y me devuelva mi libertad, te haré un monumento.

Con una palmadita suave y condescendiente se dio la vuelta, dejando a la primera esposa con la palabra en la boca y un rictus de furia contenida, mientras caminaba hacia el interior de la casa con la cabeza más alta de lo que jamás hubiera esperado. La celebración continuó con un suntuoso banquete, pero Mariam apenas probó bocado, consciente de que cada minuto que pasaba la acercaba más al momento que temía: la noche de bodas.

Y a medida que el sol comenzaba a ponerse, ella se retiró a una habitación privada para descansar. Se sentó frente al espejo, observando su reflejo mientras intentaba calmar su respiración agitada.

«Cálmate, Mariam» se dijo a sí misma. «No va a pasar nada. Zayd no vendrá. Se irá con Jade, como corresponde.»

Pero por más que intentaba convencerse, no podía ignorar el nudo en su estómago ni el temblor de sus manos.

¿Y si venía? ¿Y si intentaba reclamar sus derechos como esposo?

O peor aún, ¿qué pasaría si una parte de ella, esa parte traicionera que aún recordaba cómo era amarlo, lo deseaba?

En eso la puerta se abrió sobresaltándola.

Tres mujeres entraron, eran las khadimas, sirvientas personales asignadas a las esposas de los jeques.

—Es hora de prepararla para la noche, mi señora —anunció la mayor de ellas con una sonrisa amable—. El jeque vendrá esta noche.

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