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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 7

C7: ¿VENDRÁS A VERME ESTA NOCHE?

El rostro de Mariam se encendió. En la cultura saudí, tales preguntas eran tabú, pero entre madre e hija, en vísperas de una boda, se volvían necesarias.

—¡Mamá! —protestó, ante la mirada insistente de Amira. Pero aun así confesó—. No, nunca he estado con nadie.

La madre estudió el rostro de su hija y, al ver la verdad en sus ojos, se llevó las manos a la boca.

—Por Alá, mi niña es pura —murmuró, abrazándola con fuerza—. Gracias al Misericordioso. ¡Gracias Alá!

Mariam aceptó el abrazo, sintiéndose extrañamente vulnerable.

—Y seguiré siendo pura, mamá —afirmó después con determinación—. Zayd no va a tocarme... te lo aseguro. Y mejor vámonos.

Amira se separó y acarició el rostro de su hija con ternura.

—Mi niña... no sabes la responsabilidad que llevas ahora —dijo con voz suave—. Eres la madre del heredero del jeque… —Bajó aún más la voz—. En dos años casados, Jade no ha podido embarazarse. Se dice que es estéril, así que... tú, como su segunda esposa... debes más de un hijo.

Las palabras golpearon a Mariam como una bofetada, porque nunca había considerado esa posibilidad.

«¿Más hijos?»

Su mente se llenó de imágenes del palacio lleno de niños con los ojos oscuros de Zayd y su propia piel dorada, la idea la aterrorizó y, al mismo tiempo, despertó algo profundo dentro de ella.

Lo condenó al instante.

—No mamá… olvídalo… yo… yo jamás… voy a tener sexo con Zayd. ¡JAMÁS!

(…)

En el palacio, Zayd se ajustó la túnica mientras caminaba junto a Jade por el pasillo del palacio.

—Debo reunirme con el consejo ahora —anunció, deteniéndose frente a las puertas talladas de su despacho—. Hay asuntos urgentes que atender sobre la boda y la situación con las tribus del norte.

Las tensiones con las tribus beduinas habían aumentado en las últimas semanas. Como jeque, era su responsabilidad mantener la paz y la estabilidad en sus territorios, una carga que se sumaba a la inminente boda.

—Lo entiendo —respondió Jade con una sonrisa practicada—. El deber siempre es lo primero.

Zayd asintió, girándose para marcharse, pero la mano de Jade sobre su brazo lo detuvo.

—¿Vendrás a verme esta noche? —preguntó, con una voz cargada de intención.

En los matrimonios de la alta sociedad saudí, los esposos mantenían habitaciones separadas y las visitas nocturnas eran momentos privados, programados según la voluntad del marido, especialmente cuando había más de una esposa.

Pero ante la petición de Jade, algo se revolvió dentro de Zayd.

De repente, la idea de compartir la cama con ella esa noche le resultaba extrañamente... inadecuada. No podía explicarlo, pero su cuerpo rechazaba la propuesta aunque su mente no quisiera reconocerlo.

—Es la única manera de mantener el honor de mi heredero —respondió Zayd con firmeza—. El acuerdo con los Sabag es claro: tomaré a Mariam como mi segunda esposa y anunciaremos el embarazo en dos meses.

El viejo jeque se puso de pie, apoyándose en su bastón.

—Escúchame bien, Zayd —advirtió, acercándose a su hijo—. Debes controlar a esa mujer. No permitas que nos humille nuevamente con sus costumbres occidentales y su rebeldía. O de lo contrario, yo mismo tomaré cartas en el asunto. No me agrada la idea de que esté aquí, pero la necesidad me obliga… Aun así… contrólala.

Zayd se tensó.

Sabía exactamente a qué se refería su padre. En Arabia Saudí, las mujeres que deshonraban a sus familias podían enfrentar castigos severos, desde el ostracismo social hasta castigos físicos administrados por los miembros masculinos de la familia.

La ley del país otorgaba a los hombres un control casi absoluto sobre las mujeres bajo su tutela, pero él jamás le haría daño y tampoco permitiría que otro lo hiciera.

—Yo soy el jeque ahora, padre —respondió, irguiéndose en toda su altura—. Mariam será mi esposa y solo yo tomaré decisiones sobre ella. Nadie más, ¿entiendes?

Las palabras flotaron entre ellos como un desafío.

El viejo jeque no respondió, pero el desagrado por Mariam seguía grabado en cada arruga de su rostro. Se limitó a volver a sentarse, dando por terminada la conversación.

Poco después, Zayd salió del estudio, pero su mente era un torbellino.

Se preguntaba: ¿Por qué había defendido a Mariam con tanta vehemencia? Ella era la mujer que lo había traicionado, que había huido...

Entonces... ¿Por qué sentía ese impulso irrefrenable de protegerla, incluso de su propio padre?

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