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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 67

C67- LA ESPOSA DE UN AL-RASHID

Mariam tenía los dedos apretados alrededor del aplicador de base cuando escuchó la puerta abrirse y ella se giró de inmediato, dándole la espalda al espejo, con el lado golpeado oculto y la barbilla levantada como si nada estuviera pasando.

Zayd entró y la miró un segundo, pero le bastó para leer cada cosa que ella intentaba esconder.

—¿Qué haces aquí?

Él no respondió. Caminó hacia ella con pasos lentos y antes de que Mariam pudiera moverse, le tomó la barbilla con una mano firme y la obligó a mirarlo.

—Zayd, suéltame. —Intentó zafarse—. No es de tu incumbencia.

Él no la soltó.

La estudió.

Sus ojos bajaron despacio hacia la mejilla cubierta de maquillaje demasiado denso para ser natural, demasiado fresco para llevar tiempo ahí. Y entonces usó el pulgar para retirarlo.

Vio la piel enrojecida, la marca del anillo que seguía ahí.

Sus ojos oscurecieron por completo.

—La'anat Allah 'alayh. (La maldición de Dios caiga sobre él)

Lo dijo en voz baja, casi sin mover los labios, pero Mariam lo vio. Vio exactamente lo que había en sus ojos y eso la asustó, por eso abrió la boca para decir algo, para poner distancia, para no dejarle tener razón.

—No es nada —dijo—. Fue un accidente. Zayd, déjame.

Él no la soltó, en su lugar cambió el agarre y la sostuvo de los hombros.

—Nadie te toca. —sentenció—. Eres mi esposa.

—¡Es mi padre! —le soltó ella, con los ojos brillando—. ¡Tú no puedes hacer nada contra mi padre, Zayd, así que no finjas que esto te importa!

La miró un instante más, luego la soltó, se dio la vuelta y salió de la habitación como una tormenta que ya decidió a dónde va.

Mariam se quedó parada frente al espejo con el maquillaje a medias y el corazón golpeándole el pecho.

Quiso decirse que no le importaba. Que era mejor así. Que Zayd no tenía derecho a ponerse así por ella.

Pero sus manos temblaban.

En el salón, Jade lo vio venir.

Llevaba un rato ahí, esperando, porque sabía lo que Mustafá había hecho y sabía que tarde o temprano Zayd se enteraría. Lo que no esperaba era verlo así, con esa expresión, con esos pasos que no dejaban espacio para nada.

—¡Zayd!

Él se detuvo y apretó la mandíbula antes de mirarla.

Jade estaba en el centro del salón. Lo había estado esperando, eso se notaba en la manera en que se paró cuando él se giró hacia ella.

Vio la ira en sus ojos y algo en su pecho se encendió.

«Maldita Mariam», pensó. «Se la pasa diciéndole a todo el mundo que no siente nada por él, que no lo quiere, que todo es una carga. Pero en el primer problema real, ¿a quién llaman?»

Se recompuso y le sostuvo la mirada con una sonrisa de superioridad.

—No deberías armar un escándalo por una simple lección familiar, Zayd. Mustafá es un hombre respetado en Riad. Es el patriarca de su familia y tiene todo el derecho de corregir a su hija cuando su actitud deshonra el linaje. Ella…

Zayd se acercó.

Se detuvo frente a ella y la tomó del brazo con una firmeza, la miró desde arriba con un desprecio tan limpio y tan frío que Jade dejó de hablar a la mitad de la frase.

—Tu tío Mustafá cometió el peor error de su vida. —siseó—. Y si tú sabías lo que iba a pasar y lo permitiste, reza para que no te arrastre a ti también en su caída.

Jade abrió la boca, pero Zayd la soltó y siguió caminando. La dejó con la palabra atorada en la garganta, parada en el centro del salón, con la sonrisa borrada y los ojos fijos en su espalda mientras se alejaba.

Entonces escuchó pasos detrás de ella.

Se giró.

Mariam venía corriendo por el pasillo, pero Zayd ya había cruzado las puertas principales.

—Eres una cínica —dijo Jade con todo el veneno que pudo reunir—. Te la pasas diciéndole a todo el mundo que Zayd no te importa, que este matrimonio es una jaula, que no lo quieres ni lo necesitas. Y en cuanto tu papá te pone en tu lugar, ¿a quién llamas? ¿Quién es lo primero que buscas?

—Es mi hija. Solo la estaba disciplinando por su falta de respeto.

La rabia de Zayd subió un grado.

Sin pensar en nada más, lo tomó por el cuello del thobe y lo jaló hacia adelante. Los guardaespaldas no se movieron, en cambio bloquearon la puerta y miraron al frente como si no estuviera pasando nada.

—Era tu hija —le siseó Zayd, mirándolo a centímetros de la cara—. Pero ahora es la esposa de un Al-Rashid. Y la madre de mi hijo. Y la próxima vez que alguna parte de tu cuerpo la toque, no va a haber en todo el reino un lugar donde puedas esconder ese nombre tuyo que tanto cuidas.

Mustafá tragó saliva.

—Zayd, escúchame. Ella me faltó el respeto delante de todos, yo solo…

—¿Olvidaste —lo interrumpió Zayd, con los ojos fijos en los suyos— que cada contenedor que importas desde Asia o desde Europa pasa por mis manos?

Mustafá cerró la boca.

Lo entendió en ese instante.

Cada ruta marítima, cada puerto de entrada, cada autorización de aduana en el reino. Todo pasaba por la red de los Al-Rashid. Siempre había pasado. Él lo sabía y nunca había pensado en ello porque nunca había tenido razón para hacerlo.

Hasta ahora.

—Te consideras respetado en Riad, Mustafá. —Zayd lo soltó de golpe—. Pero si quiero, mañana hago que los bancos congelen tus créditos por contrabando simulado. Y tu nombre, ese nombre que cuidas tanto, se convierte en una peste en este país antes de que termine la semana.

Mustafá cayó en su silla.

Pálido.

Con la frente húmeda y los ojos de un hombre que acaba de ver el tamaño real de su error.

Zayd se enderezó.

—Espera tu sentencia. —Hizo una pausa—. Será Mariam quien decida qué te mereces.

Se dio la vuelta, sus hombres se apartaron de la puerta y salieron detrás de él en silencio.

Mustafá se quedó solo en su oficina de cristal, con el contrato abierto sobre el escritorio y el imperio de cuarenta años en manos de su hija.

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