C66- LA LLAMADA
Yasmine tomó a Mariam por los brazos y la ayudó a ponerse de pie, luego sus ojos fueron directo a Jade.
No dijo nada. No necesitaba decirlo. La mirada fue suficiente, para hacerle entender que sabía que ella era quien había provocado todo lo que acababa de pasar.
Jade le sostuvo la mirada sin moverse.
Mientras que Mustafa seguía de pie en el centro del salón. Con la rabia todavía tensándole la mandíbula, pero algo había cambiado en su cara en el segundo después del golpe. Sus ojos bajaron hacia el vientre, hacia los brazos de su hija cubriéndolo por instinto.
No lo dijo. No lo iba a decir. Pero se arrepintió.
Abrió la boca, pero ella habló antes de que él dijera una sola palabra.
—No tienes que decir nada, baba. —Su voz no tembló—. Porque desde hoy, ya no eres mi padre. Y yo ya no soy tu hija. Eso que firmaste cuando me entregaste, fue lo último que hiciste por mí.
Mustafa dio un paso hacia adelante, pero Mariam ya le había dado la espalda.
Caminó hacia la puerta con Yasmine a su lado, sin apresurarse, sin correr, con una dignidad que llenó el salón.
Mustafa las miró alejarse, por instinto dio un paso, pero la voz de Jade lo detuvo, ella se acercó por detrás, con la voz baja y suave, como quien consuela.
—Hizo lo que tenía que hacer, tío. Mariam lleva años así. Demasiado tiempo afuera, demasiadas ideas que no encajan con lo que somos. Un hombre justo de Riad no podía permitir que le hablaran así, usted hizo lo correcto.
Mustafa apretó la mandíbula, no respondió. Pero tampoco fue tras su hija.
En la habitación, Mariam se sentó en el borde de la cama con las manos sobre las rodillas. Yasmine se arrodilló frente a ella y la estudió de arriba abajo con los ojos moviéndose rápido.
—¿Llamamos al médico?
—No. —Mariam negó con la cabeza—. No me golpeé el vientre. Estoy bien, al menos físicamente. —Hizo una pausa—. Una bofetada no me va a destruir.
Yasmine la miró un momento sin decir nada.
Sabía que en el fondo no era la mejilla lo que dolía. Sino las palabras de su padre y no había nada que decir que sirviera de algo ahora mismo.
Se sentó a su lado y la abrazó y le besó el cabello y habló bajito, casi en un susurro.
—Vas a salir de aquí. Te lo prometo, te ayudaré en lo que sea, ¿ok? En lo que sea.
Mariam cerró los ojos y se dejó sostener.
En eso entró Laila.
Había escuchado los rumores por boca de la sirvienta que derramó el café en Mustafa, esas cosas corrían rápido entre el servicio y para cuando llegaron a sus oídos ya traían suficiente detalle como para que viniera caminando rápido por el pasillo.
Pero cuando cruzó la puerta y vio la mejilla de su señora, se le fue el aire.
—Yamma? (mamá)
No era la voz de su madre.
Era Laila. Ansiosa, rápida, con las palabras saliendo atropelladas.
—Mi señor... a la señora Mariam la abofeteó su padre. El señor Mustafa, mi señor.
Zayd no respondió por un momento, sino que se puso de pie despacio. Al mismo tiempo que su expresión se oscurecía.
—¿Qué estás diciendo, Laila?
—Lo que escuchó, mi señor. Yo misma vi su delicada mejilla rojita.
Zayd colgó.
Apretó las manos un segundo y luego salió de la oficina como un demonio y los ojos fijos en el pasillo que tenía adelante.
Cada paso fue más rápido que el anterior.
—Wallahi, Mustafa. —Lo dijo en voz baja, para nadie, en un árabe que cortaba como filo—. Yadak ala zawjati... hadhihi akher marra. (Tu mano sobre mi esposa. Esa es la última vez.)

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