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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 64

C64- QUE LA SAQUEN DEL PALACIO

Mustafa bajó del auto y Jade lo esperaba en la entrada principal con las manos juntas y una sonrisa que había practicado lo suficiente como para que pareciera genuina.

—Tío. —Se inclinó levemente—. Qué honor tenerlo en el palacio.

Mustafa la miró con esa expresión suya de siempre, seria, evaluadora, la de un hombre acostumbrado a que los demás ajustaran su comportamiento antes de que él abriera la boca.

—Jade. —Asintió—. ¿Cómo está el palacio?

—Tranquilo. —Hizo una pausa calculada—. Aunque Mariam ha tenido días difíciles. El embarazo la tiene sensible. Ya sabe cómo se pone cuando algo no va según lo que ella espera.

No dijo más. No necesitaba decir más, así había plantado la semilla y dio un paso atrás.

—Acompáñeme, tío. Hay un salón donde podrá descansar.

Lo guió por el pasillo principal, tomando deliberadamente la ruta que pasaba frente al salón donde Mariam y Yasmine seguían sentadas. Cuando llegaron a la puerta, Jade se detuvo con una expresión de sorpresa perfectamente ejecutada.

—Oh. —Parpadeó—. No sabía que estaban aquí.

Mariam levantó los ojos y se quedó quieta, no por Jade. Sino porque su padre estaba en la puerta. Mustafa entró al salón con Jade un paso detrás, sus ojos fueron directo a su hija, luego a Yasmine, y su expresión no cambió.

—Mariam.

—Baba. —respondió ella sin emoción.

Yasmine se puso de pie de inmediato con una sonrisa educada.

—Señor Sabag. Buenas tardes.

Mustafa asintió hacia ella con la cortesía justa.

—Yasmine. Saludos a tu familia.

En segundos el salón se acomodó en una tensión que todos fingieron no sentir, entonces Jade llamó a una empleada con un gesto y pidió que trajeran café y dátiles para las visitas, con esa voz suave de anfitriona perfecta que a Yasmine le recorría la espalda como arena caliente.

«Serpiente del desierto» pensó la pelinegra, mirando a Jade sonreír. «Con abaya de seda y perfume francés, pero serpiente al fin.»

—Qué amable, Jade —dijo Yasmine, con una sonrisa igual de perfecta—. Qué gran anfitriona eres.

—Que la saquen del palacio. Hoy.

La empleada soltó un sonido pequeño, ahogado. Necesitaba el trabajo, no podía perderlo. Jade ya se movía hacia la puerta para hacer cumplir la orden, cuando Mariam se puso de pie.

—No.

Todos se giraron.

Ella miró a la empleada, luego a su padre, con el pecho moviéndose rápido pero la voz controlada.

—Fue un accidente. Una taza de café no justifica dejar a alguien sin trabajo.

Mustafa la miró.

—Mariam.

—No, baba. —No bajó los ojos—. La ley saudí protege al trabajador de despidos arbitrarios sin causa justificada, un accidente doméstico no es causa.

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