C63- SI ESTUVIERAS EN MI LUGAR
Yasmine no dijo nada durante unos segundos. Luego soltó la mano de Mariam, se puso de pie, dio dos pasos hacia el centro del salón, y se giró.
—¿Estás loca?
—Yasmine…
—No, en serio. —Bajó la voz, pero apenas—. ¿Sabes lo que pasa si te vas? ¿Sabes lo que dice la ley sobre una esposa que abandona el hogar conyugal sin permiso del marido? Mariam, te pueden traer de vuelta. Con autoridades. Con papeles. Y si hay un bebé de por medio...
—Lo sé.
—¿Lo sabes? —Yasmine la miró fijo—. Porque no lo parece. Parece que lo estás ignorando completamente.
Mariam no se movió del sofá, la miró con una calma que Yasmine conocía bien y que siempre le había resultado en determinación.
—Alguien viene por mí —agregó Mariam, en voz baja.
Yasmine abrió la boca, luego la cerró. Pero seguía incrédula.
—¡Por Alá! —siseó—. Eso es peor, Mariam. Eso sería... ¡eso sería haram!
Mariam extendió la mano y le pellizcó el brazo.
—Baja la voz.
—¡Ay! —Yasmine se sobó el brazo y miró alrededor del salón con culpa—. Perdón. Perdón, me salió. —Luego volvió a mirar a su amiga y bajó la voz a un susurro—. Pero Mariam. Piénsalo. Si alguien viene a buscarte y Zayd lo descubre, no es solo un problema legal. Es un problema de honor. De familia. De todo.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque no me voy a quedar aquí. —Mariam lo dijo sin drama, sin llanto, con una convicción que no tenía grietas—. No voy a quedarme en este palacio viendo cómo mi vida se convierte en algo que nunca elegí. Tengo un bebé que viene en camino y no voy a criarlo en medio de esto.
Yasmine se sentó de nuevo y se quedó mirando el suelo un momento.
—Yasmine —murmuró Mariam tomando la mano de su amiga—. Si estuvieras en mi lugar... ¿Qué harías?
Y fue allí cuando Yasmine se derrumbó.
Había llegado al país hace unas horas, aún no se lo habían dicho pero… una de las sirvientas, la de su mayor confianza, le contó que su madre ya estuvo en conversaciones para comprometerla con el jeque Nasser, que tiene sesenta y cuatro años y tres pozos petroleros y necesita una cuarta esposa para cerrar la fusión con su familia.
¿Qué haría ella? Probablemente lo mismo que Mariam.
Yasmine levantó los ojos muy despacio y Mariam que la conocía, sabía exactamente cuándo había dado en el blanco.
Su amiga apretó los labios.
Su padre era un hombre noble, de los que todavía creían que una hija tenía derecho a opinar sobre su propia vida. Pero su madre era otra historia. Criada en las costumbres de antes, convencida de que el matrimonio era una herramienta y que el amor llegaba después, si es que llegaba. Veía en el jeque Nasser exactamente el tipo de hombre que su madre consideraba un partido ideal.
Rico, establecido, con conexiones que podían salvar las inversiones de la familia de un golpe.
Y ella era la moneda de cambio.
¿Qué si haría lo mismo en el lugar de Mariam?
Claro que sí.
—No, mi señora. Se trata de la hija de la familia Al-Khoury.
Jade levantó la mirada y su semblante cambió de inmediato.
No fue enojo abierto, fue algo más frío y controlado. Desprecio por Yasmine Al-Khoury. Porque ella al igual que Mariam, siempre era hermosa sin esfuerzo, con esa manera de entrar a cualquier lugar y convertirse automáticamente en el centro sin proponérselo.
Las dos eran iguales, asediadas por todos, admiradas por todos, y ella llevaba años siendo el fondo del cuadro cuando alguna de las dos estaba presente.
Dejó la revista sobre la mesa y se puso de pie.
—Vayamos a saludar a la amiga de la familia.
Hala asintió y fue detrás de ella.
Jade caminó por el pasillo con paso decidido, pero al llegar a la galería de ventanales que daban al patio exterior, se detuvo.
Afuera, tres autos negros acababan de entrar por la puerta principal.
Los reconoció de inmediato, eran los autos de la familia Sabag.
Sus ojos se detuvieron en la figura que bajaba del vehículo central, con el traje oscuro y barba blanca, una sonrisa le cruzó la cara despacio.
Se giró hacia Hala.
—Mejor vayamos a recibir al tío.
Cambió de dirección sin mirar atrás.

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