C53- ALGO PERMANENTE
Las palabras quedaron en el aire y ella las dejó estar mientras algo en su pecho se acomodaba a la fuerza. La humillación llegó primero, caliente, subiéndole por la garganta, luego llegó la rabia.
Más fría. Más manejable, por eso apretó las manos sobre la seda de la cama.
—Obligación o no —dijo—, sigues aquí. El Corán no distingue entre el hombre que viene con amor y el que viene con deber. Los dos cumplen. —Lo miró fijo—. Así que cumple, Zayd.
Zayd no respondió.
Pero por dentro esperaba otra cosa.
Que ella lo echara.
Que tuviera suficiente orgullo para cerrar esa puerta y decirle que no lo quería así.
Pero Jade no funcionaba de esa manera, así que retrocedió un paso y abrió la bata.
—Desvístete. —Le ordenó.
Jade sintió esas dos palabras como un golpe directo al pecho.
Dolieron más de lo que esperaba. Pero se puso de pie de todas formas, porque rendirse no era algo que ella supiera hacer, y porque debajo de toda la rabia seguía latiendo ese año entero de cama vacía.
Se abrió la bata, se la quitó.
Los dos se miraron en la penumbra y entonces Zayd cruzó hacia la pared y apagó las luces, dejando la habitación oscura, solo rota por la luz de la luna entrando por la ventana.
—¿Por qué las apagaste? —preguntó Jade, con una voz que le salió más pequeña de lo que quería.
—Porque no quiero ver tu cara.
Jade no respondió ante el insulto, no pudo.
En cambio se acostó sobre las sábanas con el corazón golpeándole fuerte, ya sin anticipación, solo con un dolor que no esperaba sentir tan hondo.
Cerró los ojos.
Entonces Zayd fue a ella.
Mariam hundió la cara en la almohada y siguió llorando.
(...)
De vuelta en la alcoba del ala oeste, Jade sintió de golpe el peso imponente del cuerpo de Zayd sobre el suyo. La respiración pesada de él chocó contra su cuello, quemándole la piel, seguida de un aliento cálido que la hizo contener el aliento.
Esperó el contacto, la consumación del acto, pero de repente... nada.
A kilómetros de allí, en una granja privada en medio del desierto, Hazem observaba la silueta de su primo desde el umbral de la terraza. Con un gesto seco, dejó el vaso de whisky sobre la mesa de madera.
—Estás jugando con fuego, Zayd —advirtió, mirando la espalda rígida del jeque.
Zayd, inmóvil bajo el manto de estrellas del desierto, clavó la mirada en la inmensidad del cielo nocturno y le dio un trago largo a su vaso. La brisa del desierto le trajo el recuerdo de unos ojos específicos, y su mente voló de inmediato a Mariam.
—No puedo entregarme a otra —susurró, con la voz rota por la devoción absoluta—, no cuando le pertenezco a ella.
Hazem lo miró, no dijo nada, porque no había nada que decir ante eso.
El viento del desierto pasó entre los dos y Zayd siguió mirando el cielo con el vaso en la mano, con el nombre de Mariam instalado en el pecho como algo que ya no era nuevo, sino algo permanente.

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