C52- SOLO CUMPLO UN DEBER
La habitación de Jade era una declaración de intenciones.
No había en ella nada casual, nada dejado al azar, sobre la cama, las sábanas de satén color crema estaban extendidas sin una sola arruga, los cojines estaban apilados con una simetría que Hala había repetido tres veces hasta que Jade la aprobó con un gesto.
En la mesita lateral, una tetera de plata con té de azafrán y cardamomo despedía un hilo de vapor. Los jarrones, dos, altos, de cristal tallado, desbordaban rosas blancas y jazmín recién cortado.
Todo era perfecto, exactamente como lo había imaginado desde la mañana.
Estaba frente al espejo del tocador con el cepillo de nácar en la mano y el cabello negro cayéndole sobre los hombros. Llevaba un kaftan de seda verde esmeralda, bordado en los puños y el cuello con hilos de oro, ceñido en la cintura con un cordón del mismo tono.
Debajo, una bata de encaje color champán que no ocultaba nada que no quisiera ocultar. Era la ropa de una mujer que sabía exactamente el efecto que producía y que lo había elegido con la misma frialdad con que se elige un argumento en una negociación.
Se pasó el cepillo por el cabello una vez más y sonrió.
No era una sonrisa de nervios ni de anticipación romántica. Era la sonrisa de alguien que había movido piezas en un tablero y que esa noche vería cómo la última de ellas cae exactamente donde la puso.
Todo había salido mejor de lo que esperaba, mucho mejor.
Jade había aprendido desde niña que las mujeres que sobreviven en los palacios no son las más hermosas ni las más dulces. Son las que saben leer a las personas y ella sabía leer a Mariam.
Ella era demasiado orgullosa para este mundo, demasiado entera, demasiado honesta, demasiado incapaz de doblegarse ante las reglas de un juego que no había elegido jugar y lo había confirmado cuando Mariam, le pidió que la ayudara a escapar.
Ahí supo que había ganado.
Porque en Arabia Saudí, una mujer que abandona el hogar de su esposo no regresa.
No la dejan regresar.
El viejo jeque Ibrahim no levantaría un dedo por ella. El consejo la borraría del mapa con la misma eficiencia con que borraban los nombres que incomodaban. El tío Mustafa, jamás le perdonaría una nueva humillación.
Jade dejó el cepillo sobre el tocador con una sonrisa.
—Tonta Mariam… —murmuró.
Tomó el frasco de dahn al-oud (aceite de oud), y se lo aplicó en las muñecas y detrás de las orejas, se lo pasó por la piel con movimientos lentos, deliberados y se miró una vez más en el espejo, abrió la bata de encaje.
—No puedo darte un hijo, Zayd —murmuró a su propio reflejo, con una voz que no tenía culpa sino satisfacción—. Pero Mariam ya nos hizo el favor.
Los minutos pasaron con una lentitud que empezó a volverse incómoda, pero no se movió, aunque algo en su pecho sí. Un latido que se aceleró sin pedirle permiso, una calidez que subió desde el estómago hasta la garganta y que ella intentó nombrar como victoria, como estrategia, como cualquier cosa menos lo que realmente era.
Un año.
Había pasado un año desde la última vez que Zayd entró a esa habitación.
Un año desde que sintió el peso de su cuerpo, la temperatura de sus manos, esa manera que él tenía de ocupar el espacio que hacía que el resto del mundo se volviera irrelevante.
Un año desde su posesión que era también una rendición, desde ese instante específico en que Zayd Al-Rashid dejaba de ser el jeque y era simplemente el hombre.
Las mariposas revolotearon en su estómago con una violencia que la tomó por sorpresa, entonces se abrió la puerta y el hombre en cuestión entró con una bata negra y cerró la puerta detrás de él sin apresurarse.
Su cara era seria, los ojos fijos al frente, y había en su postura esa quietud que conocía de memoria pero que esta noche tenía una textura diferente, algo que no supo leer de inmediato y que por eso la inquietó.
Se incorporó sobre los cojines y sonrió.
Abrió la boca para decir algo, lo que fuera, su nombre, una bienvenida, cualquier cosa que rompiera ese silencio que se estaba volviendo demasiado denso, pero Zayd habló primero.
—Solo cumplo un deber, Jade —Su voz era quieta, sin inflexión y sin calor—. Nada más que eso. Esta noche y las veces que me obligues a venir aquí.

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