C37-MÁS MOSCAS CON MIEL.
El estudio de Zayd ocupaba el ala norte del palacio con la misma lógica con que él ocupaba cualquier espacio: sin pedir permiso y sin dejar lugar para la duda. Mapas topográficos sobre la mesa central, carpetas con el sello del Consejo de la Tribu apiladas en el lateral, y una ventana que daba al desierto con una vista que en otro momento le despejaba la cabeza.
Esa tarde no funcionó.
Estaba de pie frente al cristal con los brazos cruzados y la mandíbula apretada, y en lugar del desierto veía los ojos azules de Mariam mirándolo con esa frialdad quirúrgica mientras se limpiaba los labios con el pañuelo de seda.
El músculo de su mandíbula palpitó.
La deseaba.
Eso no era el problema.
El problema era que la deseaba de una manera que no tenía protocolo, que no entraba en ninguna categoría que él supiera manejar, y que esa mujer lo sabía y lo usaba como arma con una precisión que lo enojaba tanto como lo desarmaba.
El teléfono vibró sobre el escritorio.
Lo miró, era Hazem.
Descolgó.
—Primo.
—Jeque. —La voz de su primo llegó directa, sin preámbulo—. Tenemos movimiento en el sector norte. Las tribus de Wadi Ramhan se están reagrupando.
Zayd se separó de la ventana.
—¿Confirmado?
—Tres fuentes independientes en las últimas cuarenta y ocho horas. Después del ataque la otra noche pensamos que los habías dispersado, y sí, los dispersaste. Pero dispersar no es eliminar. Están reagrupando liderazgo y eso es más delicado que el ataque mismo.
Zayd lo sabía.
Como Jeque de la tribu Al-Rashid, su autoridad no era solo política sino territorial. Los Al-Rashid controlaban una región que se extendía desde las afueras de Riad hasta los límites del desierto del Nefud, con alianzas tribales que llevaban generaciones construyéndose sobre lealtad, matrimonio y fuerza. Y cuando una tribu menor se rebelaba, el problema no era solo militar. Era un mensaje para todas las demás alianzas que observaban. Si Zayd no respondía con la velocidad y la contundencia correctas, otras tribus comenzaban a calcular.
Y en ese cálculo, todo podía moverse.
—Necesito los nombres del nuevo liderazgo antes del jueves —dijo Zayd.
—Los tendrás el miércoles. —Hazem hizo una pausa, para después preguntar—. ¿Cómo están las cosas por allá? Mejor dicho, con Mariam.
—Bien.
—Monosílabo. Quiere decir que están mal.
Zayd no respondió, Hazem siempre adivinaba todo.
—¿Tan difícil es primo? Solo es una mujer.
—¿Una mujer? —bufó—. Es un thawr wahshi. (Un toro salvaje) Con cuernos.
Hazem soltó una carcajada que llenó la línea.
—¿Y qué esperabas? ¿Una paloma mansa? —Su voz recuperó el filo—. Zayd. La dejaste plantada tres veces. Tres. La primera vez digamos que es comprensible, el compromiso no fue como quisiste. Pero la segunda ya fue un insulto y la tercera fue una declaración de guerra, ¿qué esperas?
Zayd cerró los ojos un segundo y se odió con una eficiencia que solo él conocía.
Tenía que ser él, no el jeque. De repente golpearon la puerta.
—Adelante.
Faris, su secretario personal, entró con una tableta.
—Jeque, la reunión con los representantes del fondo de infraestructura está confirmada para mañana a las diez. Necesitan su firma en los acuerdos preliminares antes del jueves.
—Agéndala a las nueve. Quiero una hora antes para revisar los términos.
—Por supuesto. —Faris anotó—. ¿Algo más esta noche?
Zayd lo miró un segundo.
—Prepara el hammam privado. El del ala central. —El hammam era el espacio más antiguo del palacio, construido en piedra oscura con vapor natural y agua traída desde un manantial al sur de la región. Un lugar al que solo accedían él y sus esposas, sin personal y sin protocolo—. Para esta noche.
Faris asintió sin preguntar nada y salió.
Zayd soltó el aire despacio, luego se giró hacia la ventana y el desierto volvió a estar ahí, oscuro y quieto, con ese silencio que solo tiene el desierto cuando decide callarse.
Pensó en Mariam.
En sus manos sosteniendo ese mameluco diminuto en Rubaiyat. En su espalda recta en el auto de vuelta. En esa frialdad que ella construía ladrillo por ladrillo cada vez que él se acercaba demasiado, como si tuviera miedo no de él sino de sí misma.
Sonrió y murmuró en voz baja, para nadie, quizás para el desierto.
—Anti ka-n-nujoom, ya Mariam. Tad'een wa la tadreeen. (Eres como las estrellas, Mariam. Iluminas sin saberlo)

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