Hugo Delgado, que había observado todo con el ceño fruncido, estalló.
—¡Qué aires de grandeza! ¡Como si le estuviéramos rogando que viniera!
Aunque Hugo era su medio hermano, siempre habían sido unidos y él la protegía de verdad. Al ver la actitud desdeñosa de Fabrizio, la sangre le hirvió.
Renata Delgado se acercó a paso lento, con los brazos cruzados y un tono venenoso.
—Deberíamos agradecer que al menos vino. Después de todo, nuestra querida hermanita no usó métodos muy decentes para casarse con él.
A diferencia de Hugo, Renata odiaba a Valeria. Siempre sintió que el cariño de su padre y la protección de su hermano iban dirigidos solo a Valeria. Además, su madre siempre las comparaba, esperando que Renata superara a su hermana en todo, pero siempre parecía quedarse un paso atrás, lo que la llenaba de resentimiento.
—¡Renata! —le gritó Vicente—. ¡Mide tus palabras!
Renata, humillada por el regaño frente a todos, blanqueó los ojos y subió las escaleras haciendo berrinche. Vicente suspiró profundamente y, al mirar a Valeria, su tono se suavizó.
—Valeria, debes tener hambre. Pedí que prepararan tus platos favoritos. Vamos al comedor.
Lucía intervino de inmediato, empujando suavemente a Valeria hacia la mesa.
—Sí, sí, ya está todo listo. —Luego miró a Hugo—. Ve a buscar a tu hermana para que coma, que no haga berrinches.
Hugo chasqueó la lengua y obedeció de mala gana. Poco después, bajó arrastrando a Renata y la sentó frente a Lucía.
La mujer servía la comida con entusiasmo y colocó un plato rebosante frente a Valeria.
—Come, Valeria. Hace tanto que no te veo y estás muy delgada. ¿Acaso la comida de los Ferrero no te gusta, o ser maestra voluntaria fue muy pesado?

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