Tres años atrás. En un hotel de lujo de San Aurelio.
Valeria se despertó cuando le tiraron un vaso de agua helada en la cara.
Abrió los ojos tosiendo y atragantándose, con gotas escurriendo por su cabello.
En su visión borrosa, la figura de un hombre en bata de baño destacaba a contraluz; alto e imponente, la miraba desde arriba.
En sus ojos no había compasión, solo un desprecio total.
—¿Ya te despertaste?
El hombre dejó el vaso de cristal en la mesa y se sentó en el sofá de la habitación, cruzando las piernas.
—¿Quién te mandó?
La mente de Valeria estaba en blanco; la resaca y el dolor físico la asaltaron al mismo tiempo.
Fragmentos de la noche anterior le golpearon la cabeza: su madrastra sirviéndole copas, el mareo al volver al cuarto, un calor sofocante y desesperante, el sonido de la puerta al abrirse, el olor de un hombre... un dolor desgarrador.
—¡Ah!
Gritó, sentándose de golpe, aterrorizada.
Las cobijas resbalaron, revelando las marcas en su piel.
La vergüenza y el pánico la inundaron de golpe.
Temblaba sin parar, las lágrimas corrían por su rostro y no podía articular una sola palabra.
—Qué buen teatro —se burló él—. Habla. ¿Qué quieres a cambio de todo este drama para meterte en mi cama?
—No... yo no hice nada... —Valeria negó desesperadamente con la cabeza, llorando—. No sé qué pasó...
El hombre la observó hecha un mar de lágrimas y solo sintió fastidio.
—Te lo preguntaré una última vez: ¿quién te pagó para hacer esto?
No le creía ni una palabra.
Había visto a demasiadas mujeres intentar trucos baratos, solo que esta vez habían usado alguna droga. Tuvieron las agallas.
Valeria siguió negando, llorando con más fuerza:
—Te juro que no sé...
Su paciencia se agotó.
—Si no vas a hablar, lárgate.
Con las manos temblorosas, Valeria agarró su ropa rota del suelo y se la puso como pudo.
Tambaleándose, corrió hacia la puerta principal del cuarto y tiró de la manija para escapar... pero chocó de frente con alguien.
—¡Ay, Dios mío! ¿Valeria? ¡Por fin te encuentro! ¡No llegaste a casa en toda la noche, estaba muerta de angustia!
La voz de Lucía Montero resonó en el pasillo, estridente y exagerada.
Miró el número en la puerta y se tapó la boca fingiendo asombro:
—Pero... ¿qué haces saliendo de la habitación del señor Ferrero? ¡Y en esa facha!
Valeria estaba pálida.



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