El comedor se volvió un caos absoluto.
Renata soltó un grito desgarrador, no de tristeza, sino lleno de odio y resentimiento. Empujó a Lucía, que intentaba abrazarla, y clavó sus ojos enrojecidos en Vicente y en la silenciosa Valeria.
—¿Me pegas? ¿Me pegas por defender a esta trepadora?
—¡Si no fuera porque tú se lo permitiste, ella jamás habría tenido el descaro de meterse en la cama de Fabrizio!
—¡Ahora que ya la usaron, vienes a hacerte el padre protector!
—¡Me dan asco! ¡Todos ustedes me dan asco!
Sus palabras cayeron como una bomba. Vicente se puso morado de la ira. Señalaba a Renata con el dedo tembloroso, incapaz de articular palabra.
Lucía, aterrada por el color que tomaba el rostro de su esposo, no se atrevía a decir nada. Miraba a su hija con pánico y luego a su marido, temiendo que la situación empeorara.
Hugo temblaba de furia y estuvo a punto de arrastrar a Renata fuera de la casa, pero Valeria lo detuvo suavemente del brazo.
Valeria, que se había mantenido en silencio, se puso de pie. Paseó una mirada vacía sobre ellos, sin pronunciar palabra. Solo apartó la silla y, dando la espalda al caos y los gritos, salió del comedor con pasos tranquilos.
Qué agotador.
Era agotador estar con los Ferrero y era agotador estar con los Delgado. Sentía que nada de lo que decía o hacía le pertenecía realmente.
Vicente y Hugo corrieron tras ella hasta la puerta.
Valeria no esperó a que hablaran y se adelantó con voz suave:
—Papá, Hugo, regresen a comer. Necesito salir a tomar un poco de aire.
Vicente quiso detenerla, pero Hugo le tocó el hombro.
—Déjala ir, papá —susurró—. Renata sigue allá adentro, si vuelve, la situación solo empeorará con más insultos.
Vicente miró la figura frágil de su hija alejarse y dejó caer los brazos, derrotado.

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