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HUÍDA SUYA, LOCURA MÍA romance Capítulo 7

Unos días después, Vicente, bajo la mirada inquisitiva de Lucía, se llevó a una ojerosa Valeria a la mansión ancestral de los Ferrero.

En la sala de estar, los ostentosos muebles brillaban amenazantes, y el aire era tan tenso que asfixiaba.

El anciano Ferrero, sentado en el centro, imponía respeto con solo estar ahí.

Fabrizio estaba a un lado, con una expresión tan sombría que daba miedo.

Desde que Valeria y su padre pisaron la mansión, los ojos de él se clavaron en la chica, destilando odio puro.

Fabrizio jamás imaginó que unos donnadies como ellos lograrían atraer la atención de su abuelo, la máxima autoridad de la familia.

El patético circo que armaron semanas atrás no le importó en lo más mínimo.

Era solo la hijastra de una familia en quiebra a la que habían metido a la fuerza en su cama; algo fácil de resolver: les lanzaba un billete, cerraban la boca y fin del problema.

Se había sentado a esperar que vinieran rogándole.

Que lloraran miserias para luego sacar la chequera y acabar con la broma.

Pero, para su sorpresa, quien llamó fue su abuelo:

—Mañana dile a la muchacha que venga a la casa.

Fabrizio se quedó mudo por unos segundos.

¿Cómo diablos se había enterado de todo?

Desde que se había retirado de la empresa, el anciano jamás recibía visitas.

¿Y ahora le pedía invitar a alguien a su casa?

Después de una rápida investigación, descubrió la identidad del abuelo de Valeria.

Aquel profesor rural de Lomas Altas resultó ser un viejo compañero de su abuelo.

En otras palabras, la familia Delgado se lo había saltado y se había metido directamente con su abuelo.

Lo habían humillado por completo.

Con la poca dignidad que le quedaba, Vicente tartamudeó su versión de los hechos.

Una versión que Lucía había editado con lujo de detalle: una borrachera trágica, una niña inocente con la reputación arruinada, y una familia desesperada...

No había ni terminado cuando Fabrizio soltó una carcajada irónica:

—¿Una borrachera trágica? Señor Vicente, esa excusa ni un niño se la cree.

Luego miró a la chica que seguía mirando el suelo, y le espetó:

—Señorita Delgado, sea sincera... ¿en serio no recuerda nada, o es que me montaron todo un teatrito?

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