Cuando Valeria salió del baño secándose el cabello húmedo, Fabrizio acababa de regresar del estudio del abuelo. Tenía el rostro sombrío y un aura pesada lo rodeaba; era evidente que la conversación no había sido agradable. Caminó directo hacia el sofá y se sentó. Sin siquiera mirarla, soltó una pregunta con frialdad:
—¿Mañana vas a volver a tu casa?
Tu casa.
Valeria detuvo el movimiento de la toalla. Tardó unos segundos en procesar que se refería a la casa de la familia Delgado.
Tu casa. Su hogar.
Ella sabía muy bien que la mansión de los Ferrero no era su hogar, pero... ¿acaso la familia que la había entregado podía considerarse uno?
Valeria se quedó de pie, sintiendo un vacío repentino en el pecho. Tras un momento de silencio, bajó la cabeza para ocultar la tristeza en sus ojos. Cuando volvió a levantar la mirada, su rostro había recuperado su habitual expresión de docilidad.
—Sí, tengo que ir. Mi papá ya me ha llamado un par de veces.
—Mhm —fue la única respuesta de Fabrizio. Sin decir más, se levantó y entró al baño.
——
Al día siguiente, cuando Valeria fue a subir al auto, se quedó perpleja al ver que Fabrizio estaba en el asiento del conductor.
No llevaba traje, solo un suéter ligero de color blanco con las mangas remangadas hasta los codos, dejando a la vista sus antebrazos firmes.
La luz del sol entraba en diagonal por la ventanilla y acariciaba su perfil, suavizando de manera inusual la frialdad que siempre desprendía. Por un instante, lució una claridad casi juvenil.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella por inercia.
Al darse cuenta de que sonaba descortés, bajó la voz para corregirse:
—Quiero decir, ¿no te queda fuera de tu ruta? Si es mucha molestia, puedo irme sola.
—Te llevo —respondió él, encendiendo el motor con un movimiento seco—. Órdenes del abuelo.
Así que solo estaba cumpliendo un deber.
Valeria sintió un extraño alivio en el pecho, aunque también algo de culpa.
—De verdad, lamento la molestia.
—No es molestia —replicó él sin miramientos—. Es fastidio.
Valeria guardó silencio.

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