—Déjala pasar.
Virginia, sin embargo, permaneció quieta, dudando un momento antes de hablar:
—Atrás de ella hay dos personas más, ¿también las hago pasar?
Ante la pregunta, Sofía frunció el ceño y dirigió la mirada hacia la puerta entreabierta.
—Que pasen todos juntos.
...
—¡Mami, qué lugar tan miserable! ¿De verdad viniste tú misma? Dizque empresa... Ni siquiera llega al nivel del cuarto de triques de la casa.
La voz chillona de Olivia llenó el ambiente, acercándose cada vez más.
Sofía volvió a fruncir el ceño, aunque en su cara no se notó ningún cambio especial.
Justo en ese momento, la puerta se abrió por completo.
Apareció una mujer de mediana edad, vestida con un abrigo negro de piel que la hacía ver imponente. A pesar de los años, su presencia era firme y decidida, como una navaja afilada que reflejaba la luz. Esta imagen solo hacía que Olivia, parada a su lado, se viera aún más ingenua, pero con ese deje cruel en la mirada.
Mauro entró detrás de ellas, ya sin el aire amenazante del día anterior. Ahora solo tenía ojos para Mirella, siguiendo cada uno de sus pasos como si nada más importara.
Olivia, aferrándose al brazo de Mirella, se plantó frente a Sofía y la miró con descaro, levantando las cejas de manera desafiante.
—Sofía, mi mami dice que te va a compensar.
—¿Ah, sí?
Sin mover un solo músculo, Sofía mantuvo la calma, pero su mirada se cruzó varias veces con la de Mirella, en un duelo invisible cargado de tensión.
—Sofía, la nueva presidenta y directora del Grupo Rojas —soltó Mirella, con el rostro serio, aunque en sus labios se dibujó una sonrisa mínima que casi no se notaba.
Sofía bajó la mirada un instante, notando cómo Mirella había recalcado con fuerza la palabra “grupo”.
El Grupo Rojas ya estaba a punto de irse a pique; si se descuidaban un poco, ni siquiera podría considerarse una empresa, mucho menos un “grupo”.
Era una advertencia, pero también un gesto de menosprecio.


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