Sofía tamborileaba la mesa con una mano mientras levantaba la mirada y se encontraba con los ojos preocupados de Esther.
—Primero vamos a ver qué pretende hacer —dijo, dejando que las palabras flotaran en el aire.
Apenas terminó de hablar, escucharon que golpeaban la puerta de la oficina.
Virginia, la misma asistente del día anterior, asomó la cabeza, visiblemente alterada.
—Presidenta Rojas, afuera de la empresa está pasando algo raro... Se juntaron un montón de periodistas, y aunque mandé a alguien a preguntar, nadie suelta prenda sobre quién los convocó.
—¿Periodistas? —repitió Sofía, su expresión tornándose aún más seria.
Esther y Maite intercambiaron una mirada de alarma y, una tras otra, se acercaron a la ventana y corrieron la cortina.
El edificio de Grupo Rojas no era muy alto, así que al asomarse lograron distinguir claramente la multitud apretujada en la explanada; el reflejo de los flashes de las cámaras les lastimaba los ojos de cuando en cuando.
Esther bajó la cortina de inmediato, indignada.
—¿Para qué traer a tantos reporteros? ¿Qué están tramando los Ardila?
—¿Quieren armar un escándalo en los medios? —reviró Maite, su rostro sombrío.
En el fondo, sabían que todo había comenzado por culpa de Olivia. Si bien Esther sí le había dado una lección, apenas se trató de un rasguño. Golpear a alguien y tratar de matarlo eran cosas muy distintas. Al principio, pensaban dejar que la policía se encargara de Olivia, pero los Ardila habían movido influencias para sacarla bajo fianza.
Maite apretó los labios, conteniendo la rabia. Su brazo temblaba de la fuerza con que cerraba el puño.
—Quieren forzarme —soltó Sofía, dejando escapar una risa seca. Sus ojos, ya de por sí afilados, ahora eran cuchillos.
Virginia seguía parada junto a la puerta, los hombros encogidos, esperando ansiosa una solución.
De pronto, el timbre del celular rompió la tensión.
Las tres voltearon hacia Virginia, que se apresuró a silenciar el teléfono, algo avergonzada.
—Es la recepción —explicó.
Sofía le dio una señal con la mirada y Virginia contestó en voz baja.
—¿Bueno? ¿Sí, quién habla?
—Directora Flores, ya no podemos controlar la situación aquí abajo. La mayoría de los empleados ya se fueron y casi no hay guardias. Los pocos que quedan no pueden contenerlos —la voz nerviosa de la recepcionista se escuchaba entre gritos y pasos apresurados.
Sofía frunció el ceño y se acercó a la ventana para correr la cortina de nuevo.
Ahora los reporteros que antes solo merodeaban la entrada se habían volcado hacia el interior, colándose como avalancha al edificio. Algunos aún forcejeaban afuera, intentando meterse.

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