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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 628

Por un largo rato, Santiago mantuvo esa media sonrisa cargada de desprecio.

—¿Y tú con qué derecho vienes a preguntarme todo esto? —arrojó la pregunta como un balde de agua helada.

Sus ojos, duros como el acero, repasaron a Jasper de arriba abajo, sin el menor intento por disimular su desdén.

—Quiero saber sobre su pasado. Aunque tú ya eres historia, sigues siendo una mancha en la vida de Sofía.

Los ojos azul claro de Jasper ni se inmutaron ante las palabras de Santiago. Parpadeaba con normalidad, como si las ofensas le resbalaran.

Pero sus palabras, tan tranquilas y directas, hicieron que el aire en torno a Santiago se volviera denso. Por dentro, sentía que la temperatura caía en picada.

Apretó la mandíbula, sin poder decidir si este tipo venía solo a provocarlo.

—¿Por qué no le preguntas a ella directamente? —intentó controlar el tono, pero aun así cada palabra le salía con rabia.

Jasper negó despacio.

—No voy a recordarle a Sofía cosas de las que no se siente orgullosa.

Santiago sintió que se le revolvía el estómago. ¿No se siente orgullosa?

—¡Lárgate! —El tono le salió cada vez más áspero, la furia a punto de desbordarse.

Jasper, como si ya hubiera anticipado esa reacción, no mostró gran emoción.

—Ya veo —asintió, meditando en voz alta—. Con razón Sofía no te quiere. Ni entiendo cómo fue que alguna vez se fijó en ti.

—¡Fuera! —gritó Santiago, incapaz de soportar más.

—Y además, eres bien inestable —remató Jasper, sacudiéndose el pantalón como si quitara polvo invisible, y se puso de pie. Sin volver la vista atrás, salió despacio del despacho, dejando a Santiago solo, sumido en un silencio cargado de tensión.

Santiago se quedó clavado en el asiento, los dedos crispados en puños. Parecía un león contenido, rugiendo por dentro, a punto de saltar.

Sus ojos, oscuros y tormentosos, se clavaron en la puerta por donde Jasper acababa de salir, como si quisiera abrirle un agujero a pura mirada.

Aunque Jasper ya se había ido, su voz —limpia, pero cargada de menosprecio— seguía rondando por el cuarto.

Con razón Sofía no te quiere… Ni entiendo cómo fue que alguna vez se fijó en ti…

Esas palabras eran como cuchillos, una herida tras otra directo al corazón.

Se puso de pie, tambaleándose.

—¿Entonces qué hago? Ella no quiere verme. Pero antes fuimos esposos… ¿Cómo es que, después de ese maldito acuerdo, es como si fuéramos unos extraños?

Santiago apretó los dientes, y el remordimiento se le asomó por la comisura de los labios.

Jaime, al verlo así, se le escapó un suspiro.

—Presidente Cárdenas… —murmuró, rascándose la cabeza, con cara de angustia. Cuando aceptó el trabajo, nunca pensó que además de los líos de la oficina, le tocaría ayudar con los problemas del corazón del jefe.

De pronto, a Jaime se le prendió el foco y se dio una palmada en la pierna.

—¡Presidente Cárdenas! Aunque usted y la señorita Sofía estén divorciados, su matrimonio no se borra así nomás. ¡Todavía tienen una hija!

Parecía que acababa de descubrir el hilo negro.

Y en los ojos de Santiago, que hasta hace un instante estaban apagados, de pronto chispeó una luz de esperanza.

¡Claro! ¡Todavía compartía una hija con Sofía!

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