Jaime observaba cómo Santiago deslizaba el dedo por la pantalla mientras le explicaba los detalles.
Pero el gesto de Santiago se volvía cada vez más tenso, su semblante se oscurecía hasta verse casi desencajado.
Aunque algunos de esos videos de seguridad resultaban borrosos y no bastaban para probar con total certeza que la filtración de datos de la empresa, ocurrida un año atrás, tuviera que ver con Isidora, sí eran suficientes para limpiar el nombre de Sofía.
Isidora y Rafael llevaban tiempo confabulando. Ella iba tras Sofía, y él, por su parte, tenía la mira puesta en el Grupo Cárdenas.
Santiago ni siquiera necesitaba hilar muy fino; sus antebrazos temblaban levemente.
Sentía todo un torbellino en el pecho, la culpa lo asfixiaba como una marea implacable que casi no lo dejaba respirar.
Resultó que había estado equivocado.
Sofía... la había juzgado mal de verdad.
Era como si una daga se le hundiera en el corazón. En ese instante, habría preferido ser él quien hubiera pasado ese año tras las rejas.
Recordaba los videos de Sofía en la cárcel durante esa época: el clima gélido, su embarazo, y además, soportando las miradas y el desprecio de quienes la rodeaban.
Todo eso...
Solo de pensarlo, a Santiago le dolía el alma.
Por confiar en la persona equivocada, él había causado aquella desgracia. Ahora entendía por qué, por qué Sofía lo odiaba tanto.
Si al menos le hubiera dado el beneficio de la duda en aquel entonces, ¿habrían terminado así?
Se llevó la mano al pecho, sintiendo cómo la energía se le drenaba de golpe.
¿Mandárselo? ¿Con qué cara se lo iba a enviar?
Santiago apretó la mandíbula y tragó la amargura.
—Mejor mándaselo a Maite, ella también es experta. Lo de Isidora y Rafael, quiero que lo investigues a fondo. Cualquier novedad, cualquier movimiento entre ellos, me lo informas hasta el último detalle —ordenó con voz dura.
—Y otra cosa. El Grupo Garza se aprovechó de la desgracia del Grupo Cárdenas y ha crecido bastante estos años. Es hora de que empecemos a tomar las riendas ahí también.
Los ojos de Santiago se entrecerraron, dejando ver un brillo afilado.
Jaime asintió sin chistar y, antes de que Santiago le pidiera retirarse, decidió marcharse por su cuenta.
Si se quedaba un minuto más, el siguiente en caer sería él.

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