Mauro ni siquiera sabía qué pensar de sí mismo.
De vez en cuando, sorprendía a Alexis y Marisol Jiménez en situaciones demasiado cercanas para ser simples hermanos. Esa relación, tan poco convencional, siempre le pareció inquietante.
Sin embargo, cuando escuchó a su padre decir que el compromiso entre ambas familias se concretaría cuando cumplieran dieciocho, una parte de él sintió ganas de protestar, de impedirlo.
Pero en el fondo, otra voz le decía: ¿y si la muchacha sí esperaba con ilusión ese compromiso? Si él intervenía y destruía el sueño de una jovencita, ¿cómo se lo perdonaría?
A sus veinticuatro años, Mauro se había vuelto cada vez más callado, guardándose todo para sí.
—Mauro, no pensé que en solo dos años de regreso al país, toda la vieja guardia de la empresa ya te haría caso —comentó su padre con una mezcla de sorpresa y resignación.
Mauro sabía lo que su padre pensaba, pero primero debía convencer a su hermano mayor para que estuvieran del mismo lado.
—Hermano, no niego que esos antiguos empleados han luchado a la par de papá. Pero sabes tan bien como yo que han metido a demasiada gente por palancas.
—Si todos los puestos en el grupo quedan en manos de esos recomendados, la quiebra sería solo cuestión de tiempo.
Tadeo Loza confiaba ciegamente en su hermano menor. Le palmeó el hombro y soltó:
—Lo sé. Si papá te reclama, yo salgo a defenderte.
Mauro esbozó una pequeña sonrisa.
—Gracias, hermano.
—¡Anda ya! Entre hermanos no se agradece —se rio Tadeo.
—Pero, hermano, quería comentarte algo —Mauro bajó la voz, serio.
Tadeo se sorprendió, —¿De qué se trata?
—La otra noche vi a Alexis salir del cuarto de Marisol. Son hermanos, sí, pero no de sangre. ¿No te parece que Alexis debería mantener cierta distancia?
Tadeo pensó que se trataba de algo grave, pero al escuchar la preocupación de Mauro, se relajó y sonrió.
—Ah, eso. Aquella noche Marisol estaba con dolor de estómago. Supongo que Alexis fue a cuidarla para que pudiera dormir. Ya sabes, Marisol es frágil y muy sensible. Si se pone a llorar, su hermano no puede dejarla sola.
Mauro alzó las cejas, pero no insistió más.
—Bueno, hermano, yo me voy —dijo, despidiéndose.
...
—Oye, Carito, no te pongas triste. Si ellos no quieren llevarte de viaje, vamos tú y yo en secreto, ¿qué dices?
[Bueno, si te pones triste, ven a quedarte conmigo. Mi abuelo te adora, seguro no dice nada si te quedas unos días.]
Al escuchar esas palabras, Mauro se detuvo en seco y entrecerró los ojos.
A veces se sentía un completo loco por haber pedido a alguien que encontrara la cuenta de la muchacha y, fingiendo ser un extraño, convertirse en su compañero de aventuras en aquel juego en línea.
Esa noche, Mauro fumó demasiado y no pudo pegar el ojo.

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