A los veintitrés años, Mauro regresó al país para tomar oficialmente las riendas del grupo familiar.
Siendo sincero, desde los dieciséis ya se involucraba en los negocios y, para cuando cumplió dieciocho, había logrado que la empresa aumentara sus ganancias trimestrales en un veinte por ciento.
Al irse a estudiar al extranjero, no solo se enfocó en su carrera universitaria, sino que también fundó la división internacional del grupo, construyendo su propio imperio mientras cumplía con las tareas escolares.
Parecía una máquina precisa, capaz de estar en funcionamiento día y noche sin descanso.
No mostraba emociones innecesarias, ni tenía aficiones fuera de lo común.
Era como si hubiera nacido con el único propósito de hacer dinero.
A los veintitrés, Mauro volvió al país.
Ya sabía que su padre planeaba cederle el control total de los negocios en casa.
Regresó un día antes de lo previsto, y justo coincidió con que su hermano mayor y su padre estaban de visita en otras sucursales.
Solo quedaban algunos de los más jóvenes en la casa, pero a Mauro le molestaba el bullicio, así que prefirió que nadie supiera que ya había llegado.
Su habitación estaba en el tercer piso, un lugar perfecto para que nadie lo molestara.
Recién salido de la ducha, escuchó un golpeteo suave en la puerta.
Levantó una ceja de manera inconsciente, tomó una toalla y se secó el cuerpo a la ligera, se la amarró de forma descuidada y fue a abrir.
Del otro lado estaba una chica con una coleta alta, la cabeza tan baja que casi se enterraba en el piso.
¿Era ella?
La hija mayor de la familia Sanabria, Carolina.
Mauro dejó vagar la mirada, distraído, sobre la piel blanca que se asomaba en la nuca de la muchacha. Parpadeó, como si esa imagen le causara un pequeño mareo.
El cabello suelto y desordenado tenía un toque juguetón que no había notado antes.
De pronto sintió cómo el corazón se le aceleraba de forma inesperada.
La chica, con las orejas tan rojas que parecían haberse teñido con pintura, alzó la cabeza y, esforzándose por juntar valor, dijo:
—Alexis Loza, me gustas.
Los ojos de Mauro se oscurecieron. Así que no venía por él, sino buscando a su sobrino.
Tragó saliva, conteniendo una sensación extraña que se le formaba en el pecho, y habló con calma:
—Te equivocaste de cuarto. El de Alexis está abajo.
Para una niña de dieciséis años, confesarle sus sentimientos a la persona equivocada debía ser como si el mundo se le viniera encima.
Intentó que su voz sonara lo más suave posible.
—Carito, él está abajo.
Aun así, por más ternura que pusiera en sus palabras, no pudo evitar ver cómo la mirada de la muchacha saltaba del susto a la vergüenza, luego al desencanto y, finalmente, cómo sus ojos se llenaban de lágrimas de impotencia.
La pobre ni siquiera se atrevió a mirarlo otra vez. Solo alcanzó a murmurar un “perdón” antes de salir corriendo escaleras abajo, tropezando con los pies.
Mauro estuvo a punto de ir tras ella, pero luego pensó que, seguramente, Carolina no querría volver a verlo en ese instante, así que se contuvo.
Se quedó un rato de pie junto a la cama, observando la silueta desesperada que se alejaba, sumido en sus pensamientos.

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